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Los viajes de Gulliver (Jonathan Swift) - pág.77

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Su percepción era tan clara y su discernimiento tan exacto, que hacía muy sabias reflexiones y observaciones sobre todo lo que yo decía; pero no debo ocultar que cuando me hube excedido un poco hablando de mi amado país, de nuestro comercio, de nuestras guerras por tierra y por mar y de nuestros partidos políticos, los prejuicios de educación pesaron tanto en él, que no pudo por menos de cogerme en su mano derecha, y acariciándome suavemente con la otra, después de un acceso de risa, preguntarme si yo era Whig o Tory. Luego, volviéndose a su primer ministro -que detrás de él daba asistencia, en la mano su bastón blanco, casi tan alto como el palo mayor del Royal Sovereign-, observó cuán despreciable cosa eran las grandezas humanas, que podían imitarse por tan diminutos insectos como yo; «y aun apostaría -dijo- que estas criaturas tienen sus títulos y distinciones, discurren nidos y madrigueras que llaman casas y ciudades, se preocupan de vestidos y trenes, aman, luchan, disputan, defraudan y traicionan». Y así continuó, mientras a mí, de indignación, un color se me iba y otro se me venía viendo a nuestra noble nación, maestra en las artes y en las armas, azote de Francia, árbitro de Europa, asiento de la piedad, la virtud, el honor y la verdad, orgullo y envidia del mundo, con tal desprecio tratada.
     Pero como yo no estaba en situación de sentir injurias, después de maduras reflexiones empecé a dudar si había sido injuriado o no, pues, acostumbrado ya por varios meses de residencia a la vista y al trato de aquellas gentes y encontrando todos los objetos que a mis ojos se ofrecían de magnitud proporcionada, el horror que al principio me inspiraron tales seres por su corpulencia y aspecto desapareció hasta tal punto, que si hubiera mirado entonces una compañía de lores y damas ingleses, con sus adornados vestidos de fiesta, representando del modo más cortesano sus respectivos papeles, contoneándose, haciendo reverencias y parloteando, en verdad digo que me hubiesen dado grandes tentaciones de reírme de ellos, tanto como el rey y sus grandes se reían de mí. Y a buen seguro que tampoco podía evitar el reírme de mí mismo cuando la reina, como solía, me colocaba sobre su mano ante un espejo, con lo que nuestras dos personas se presentaban juntas a mi vista por entero; y no podía darse nada más ridículo que la comparación, al extremo de que yo realmente comencé a imaginar que había disminuido con mucho por bajo de mi tamaño corriente.


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