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Los viajes de Gulliver (Jonathan Swift) - pág.72

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Cada pieza venía a ser del tamaño de ochocientos moidores; pero estableciendo la proporción de todo entre aquel país y Europa, y aun habida cuenta del alto precio del oro allí, no llegaba a ser una suma tan importante como mil guineas en Inglaterra. Acto seguido dije a la reina que, puesto que ya era la más humilde criatura y el más humilde vasallo de Su Majestad, me permitiese pedirle un favor, y era que admitiese a su servicio a Glumdalclitch, que siempre había cuidado de mí con tanto esmero y amabilidad y sabía hacerlo tan bien, y continuase siendo mi niñera y mi maestra. Su Majestad accedió a mi petición y fácilmente obtuvo el consentimiento del labrador, a quien satisfacía que su hija fuera elevada a la corte, y la pobre niña, por su parte, no pudo ocultar su contento. El que dejaba de ser mi amo se retiró y se despidió de mi, añadiendo que me dejaba en una buena situación, a lo cual yo no respondí sino con una ligera reverencia.
     Observó la reina mi frialdad, y cuando el labrador hubo salido de la estancia me preguntó la causa. Claramente contesté a Su Majestad que yo no debía a mi antiguo amo otra obligación que la de no haber estrellado los sesos a una pobre criatura inofensiva encontrada en su campo por acaso, obligación que recompensaba ampliamente la ganancia que había alcanzado enseñándome por la mitad del reino y el precio en que me había vendido. Añadí que la vida que había llevado desde entonces era lo bastante trabajosa para matar a un ser diez veces más fuerte que yo; que mi salud se había quebrantado mucho con aquella continua y miserable faena de divertir a la gentuza a todas las horas del día, y que si mi amo no hubiera supuesto que mi vida estaba en peligro, quizá no hubiese encontrado Su Majestad tan buena ganga. Pero libre ya de todo temor de mal trato, bajo la protección de tan grande y bondadosa emperatriz, adorno de la Naturaleza, predilecta del mundo, delicia de sus vasallos, fénix de la creación, esperaba que los recelos de mi antiguo amo aparecieran desprovistos de fundamento, pues ya sentía yo mis energías revivir bajo el influjo de su muy augusta presencia.
     Éste fue, en resumen, mi discurso, pronunciado con grandes incorrecciones y titubeos. La última parte se ajustaba por completo al estilo peculiar de aquella gente, del que Glumdalclitch me había enseñado algunas frases cuando me llevaba a la corte.


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