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Los viajes de Gulliver (Jonathan Swift) - pág.70

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Mi amo montó a su hija Glumdalclitch detrás de él y ella me llevaba en su regazo dentro de una caja atada a la cintura. La niña había forrado toda la caja con la tela más suave que pudo hallar, acolchándola bien por la parte de abajo, amoblándola con la cama de su muñeca, provístome de ropa blanca y otros efectos necesarios y dispuesto todo lo más convenientemente que pudo. No llevábamos otra compañía que un muchacho de la casa, que cabalgaba detrás con el equipaje.
     Era el designio de mi amo enseñarme en todas las ciudades que cogieran de camino y desviarse hasta cincuenta o cien millas para visitar alguna aldea o la casa de alguna persona de condición, donde esperase encontrar clientela. Hacíamos jornadas cómodas, de no más de ciento cincuenta a ciento setenta millas por día, porque Glumdalclitch, con propósito de librarme a mí, se dolía de estar fatigada con el trote del caballo. A menudo me sacaba de la caja, atendiendo mis deseos, para que me diese el aire y enseñarme el paisaje, pero sujetándome siempre fuertemente con ayuda de unos andadores. Atravesamos cinco o seis ríos por gran modo más anchos y más profundos que el Nilo o el Ganges, y apenas había algún riachuelo tan chico como el Támesis por London Bridge. Empleamos diez semanas en el viaje, y fuí enseñado en dieciocho grandes poblaciones, aparte de muchas aldeas y familias particulares.
     El 26 de octubre llegamos a la metrópoli, llamada en la lengua de ellos Lorbrulgrud, o sea Orgullo del Universo. Mi amo tomó un alojamiento en la calle principal de la población, no lejos del palacio real, y publicó carteles en la forma acostumbrada, con una descripción exacta de mi persona y mis méritos. Alquiló un aposento grande, de tres o cuatrocientos pies de ancho. Puso una mesa de sesenta pies de diámetro, sobre la cual debía yo desempeñar mi papel, y la cercó a tres pies del borde y hasta igual altura para evitar que me cayese. Me enseñaban diez veces al día, con la maravilla y satisfacción de todo el mundo. A la sazón hablaba yo el idioma regularmente y entendía a la perfección palabra por palabra todo lo que se me decía. Además había aprendido el alfabeto y a las veces podía valerme para declarar alguna frase, pues Glumdalclitch me había dado lección cuando estábamos en casa y en las horas de ocio durante nuestro viaje.


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