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Los viajes de Gulliver (Jonathan Swift) - pág.68

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     Mi amo, siguiendo el consejo de su amigo, me condujo el primer día de mercado dentro de una caja a la ciudad vecina y llevó conmigo a su hijita, mi niñera, sentada en una albarda detrás de mí. La caja era cerrada por todos lados y tenía una puertecilla para que yo entrase y saliese y unos cuantos agujeros para que no me faltase el aire. La niña había tenido el cuidado de meter en ella la colchoneta de la cama de su muñeca para que me acostase. No obstante, quedé horriblemente zarandeado y molido del viaje, aunque sólo duró media hora, pues el caballo avanzaba unos cuarenta pies de cada paso y levantaba tanto en el trote, que la agitación equivalía al cabeceo de un barco durante una gran tempestad, pero mucho más frecuente. Nuestra jornada fue algo más que de Londres a San Albano. Mi amo se apeó en la posada donde solía parar, y luego de consultar durante un rato con el posadero y de hacer algunos preparativos necesarios asalarió al grultond, o pregonero, para que corriese por la ciudad que en la casa del Águila Verde se exhibía un ser extraño más pequeño que un splacknuck -bonito animal de aquel país, de unos seis pies de largo-, y conformado en todo su cuerpo como un ser humano, que hablaba varias palabras y hacía mil cosas divertidas.
     Me colocaron sobre una mesa en el cuarto mayor de la posada, que muy bien tendría trescientos pies en cuadro. Mi niñera tomó asiento junto a la mesa, en una banqueta baja, para cuidar de mí e indicarme lo que había de hacer. Mi amo, para evitar el agolpamiento, sólo permitía que entrasen a verme treinta personas de cada vez. Anduve por encima de la mesa, obedeciendo las órdenes de la niña; me hizo ella varias preguntas, teniendo en cuenta mis alcances en el conocimiento del idioma, y yo las respondí lo más alto que me fue posible. Me volví varias veces a la concurrencia, le ofrecí mis humildes respetos, le di la bienvenida y dije otras razones que se me habían enseñado. Alcé, lleno de licor, un dedal que Glumdalclitch me había dado para que me sirviese de copa, y bebí a la salud de los espectadores. Saqué mi alfanje y lo blandí al modo de los esgrimidores de Inglaterra. Mi niñera me dio parte de una paja, y con ella hice ejercicio de pica, pues había aprendido este arte en mi juventud.


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