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Los viajes de Gulliver (Jonathan Swift) - pág.52

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     Transcurrido como un mes, cuando todo estuvo dispuesto, envié a ponerme a las órdenes del emperador y a pedirle licencia para partir. El emperador y la familia real salieron del palacio; me acosté, juntando la cara al suelo, para besar su mano, que él muy graciosamente me alargó, y otro tanto hicieron la emperatriz y los jóvenes príncipes de la sangre. Su Majestad me obsequió con cincuenta bolsas de a doscientos sprugs cada una, con más un retrato suyo de tamaño natural, que yo coloqué inmediatamente dentro de uno de mis guantes para que no se estropeara. Las ceremonias que se celebraron a mi partida fueron demasiadas para que moleste ahora al lector con su relato.
     Abastecí el bote con un centenar de bueyes y trescientos carneros muertos, pan y bebida en proporción y tanta carne ya aderezada como pudieron procurarme cuatrocientos cocineros. Tomé conmigo seis vacas y dos toros vivos, con otras tantas ovejas y moruecos, proyectando llevarlos a mi país y propagar la casta. Y para alimentarlos a bordo cogí un buen haz de heno y un saco de grano. De buena gana me hubiese llevado una docena de los pobladores pero ésta fue cosa que el emperador no quiso en ningún modo permitir; y además de un diligente registro que en mis bolsillos se practicó, Su Majestad me hizo prometer por mi honor que no me llevaría a ninguno de sus súbditos, a menos que mediase su propio consentimiento y deseo.
     Preparado así todo lo mejor que pude, me di a la vela el 24 de septiembre de 1701, a las seis de la mañana; y cuando había andado unas cuatro leguas en dirección Norte, con viento del Sudeste, a las seis de la tarde divisé una pequeña isla, como a obra de media legua al Noroeste. Avancé y eché el ancla en la costa de sotavento de la isla, que parecía estar inhabitada. Tomé algún alimento y me dispuse a descansar. Dormí bien y, según calculé, seis horas por lo menos, pues el día empezó a clarear a las dos horas de haberme despertado. Hacía una noche clara. Tomé mi desayuno antes de que saliera el sol, y levando ancla, con viento favorable, tomé el mismo rumbo que había llevado el día anterior, en lo que me guié por mi brújula de bolsillo. Era mi intención arribar, a ser posible, a una de las islas que yo tenía razones para creer que había al Nordeste de la tierra de Van Dieme.


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