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Los viajes de Gulliver (Jonathan Swift) - pág.39

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De este modo las señoritas sienten tanta vergüenza como los hombres, de ser cobardes y melindrosas, y desprecian todo adorno personal que vaya más allá de lo decente y lo limpio; ni tampoco advierten en su educación diferencia ninguna basada en la diferencia de sexo, a no ser que los ejercicios femeninos nunca llegan a ser tan duros, que se les instruye en algunas reglas referentes a la vida doméstica, y que se les asigna un plan menos amplio de estudios. Es allí una máxima que, entre gentes de calidad, la esposa debe ser siempre una discreta y agradable compañía, ya que no puede ser siempre joven. Cuando las muchachas llegan a los doce años, que es entre ellos la edad del matrimonio, sus padres o tutores se las llevan a casa con vivas expresiones de gratitud para los profesores, y rara vez sin lágrimas de la señorita y de sus compañeras. En los colegios para hembras de más baja categoría se enseña a las niñas toda clase de trabajos propios de su sexo y de sus varios rangos. Las destinadas a aprendizajes salen a los siete años, y las demás siguen hasta los once.
     Las familias modestas que tienen niños en estos colegios, además de la pensión anual, que es todo lo más reducida posible, tienen que entregar al administrador del colegio una pequeña parte de sus entradas mensuales, destinada a constituir un patrimonio para el niño, y, en consecuencia, la ley limita los gastos a todos los padres, porque estiman los liliputienses que nada puede haber tan injusto como que las gentes, en satisfacción de sus propios apetitos, traigan niños al mundo y dejen al común la carga de sostenerlos. En cuanto a las personas de calidad, dan garantía de apropiar a cada niño una cantidad determinada, de acuerdo con su condición, y estos fondos se administran siempre con buena economía y con la justicia más rigurosa.
     Los aldeanos y labradores conservan a sus hijos en casa, ya que su ocupación ha de ser sólo labrar y cultivar la tierra, y, por tanto, su educación, de poca consecuencia para el común. A los pobres y enfermos se les recoge en hospitales, porque la mendicidad es un oficio desconocido en este imperio.
     Y ahora quizá pueda interesar al lector curioso que yo le dé alguna cuenta de mis asuntos particulares y de mi modo de vivir en aquel país durante una residencia de nueve meses y trece días.


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