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Los viajes de Gulliver (Jonathan Swift) - pág.12

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Con una de ellas estuvo en nada que me atinase al ojo izquierdo. Entonces el coronel hizo coger a seis de los cabecillas, y pensó que ningún castigo sería tan apropiado como entregarlos atados en mis manos, lo que ejecutaron, en efecto, algunos de sus soldados, empujándolos con los extremos de las picas hasta que estuvieron a mi alcance. Los cogí a todos en la mano derecha, me metí cinco en el bolsillo de la casaca, y en cuanto al sexto hice como si fuese a comérmelo vivo. El pobre hombre gritó despavorido, y el coronel y sus oficiales mostraron gran disgusto, especialmente cuando me vieron sacar mi cortaplumas; pero pronto les tranquilicé, pues mirando amablemente y cortando en seguida las cuerdas con que el hombre estaba atado, lo dejé suavemente en el suelo, donde él al punto echó a correr. Hice lo mismo con los otros, sacándolos del bolsillo uno por uno, y observé que tanto los soldados como el pueblo se consideraron muy obligados por este rasgo de clemencia, que se refirió en la corte muy en provecho mío.
     Llegada la noche encontré algo incómoda mi casa, donde tenía que echarme en el suelo, y así tuve que seguir un par de semanas; en este tiempo el emperador dio orden de que se hiciese una cama para mí. Se llevaron a mi casa y se armaron seiscientas camas de la medida corriente. Ciento cincuenta de estas camas, unidas unas con otras, daban el ancho y el largo; a cada una se superpusieron tres más, y, sin embargo, puede creerme el lector si le digo que no me preocupaba en absoluto la idea de caerme al suelo, que era de piedra pulimentada. Según el mismo cálculo se me proporcionaron sábanas, mantas y colchas, bastante buenas para quien de tanto tiempo estaba hecho a penalidades.
     La noticia de mi llegada, conforme fue extendiéndose por el reino, atrajo a verme número tan enorme de personas ricas, desocupadas y curiosas, que las poblaciones quedaron casi vacías; y se hubiera llegado a un gran descuido en la labranza y en los asuntos domésticos si Su Majestad Imperial no hubiese proveído por diversos edictos y decretos de gobierno contra esta dificultad. Dispuso que los que ya me hubiesen visto se volviesen a sus casas y que nadie se acercase a la mía en un radio de cincuenta yardas sin permiso de la corte, con lo cual obtuvieron los secretarios de Estados considerables emolumentos.


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