La metamorfosis o El asno de oro (Lucio Apuleyo) - pág.151
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que estábamos sin armas y sin ninguna manera de defensa, escondímonos
entre aquellas ramas y hojas de los árboles. Trasilo, como halló
oportunidad de la traición y maldad que tenía pensada, habló a Lepolemo
engañosamente de esta manera:
-¿Qué es la causa por que, confusos de miedo y semejantes a la flaqueza
de estos nuestros siervos, o espantados como mujeres, dejamos perder tan
hermosa presa de miedo de nuestras manos? ¿Por qué no subimos en
nuestros caballos y seguimos a este puerco? Toma tú este venablo, yo
tomaré mi lanza.
Y diciendo esto, no tardaron más y saltaron luego en sus caballos y con
grandísima gana siguieron tras el puerco; el cual, viéndose apretado, no se
le olvidó su esfuerzo y tornó con gran ímpetu y encendimiento de su
ferocidad, dando golpes con las navajas, hiriendo y rompiendo al primero
que tomaba. Mas el primero que llegó a él fue Lepolemo, que le lanzó el
venablo que llevaba, por las espaldas. Trasilo perdonó al jabalí y arrojó la
lanza al caballo de Lepolemo, que le cortó las corvas de los pies, por
manera que el caballo cayó hacia la parte donde estaba herido y contra su
voluntad dio con su señor en tierra. No tardó el puerco, que con mucha
furia vino para él y comenzole a trabar de la ropa, y él, que se quería
levantar, el puerco le dio tantas navajadas que le abrió por muchas partes;
pero en todo esto nunca el bueno de su amigo le socorrió ni se arrepintió de
la traición comenzada, ni se pudo hartar por ver en tanto peligro a su
amigo: al menos debiera con esto satisfacer a su crueldad; antes hizo al
contrario, porque queriéndose levantar Lepolemo y cubriendo sus heridas,
rogándole con mucha fatiga que lo socorriese, Trasilo le metió la lanza por
el muslo de la pierna derecha, y tanto mayor golpe le dio cuanto creyó que
la llaga de la lanza era semejante a las heridas de las navajas. Asimismo
mató al puerco. En esta manera muerto Lepolemo, salimos todos de donde
estábamos escondidos y corrimos allá. Trasilo, como quiera que acabado lo
que deseaba, viendo muerto a su amigo, estaba alegre; pero con la cara
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