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La metamorfosis o El asno de oro (Lucio Apuleyo) - pág.51

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Entonces abrió un
corazón, y vistas las venas y fibras cómo bullían, comenzó a rociarlo con
diversos licores: ora con agua de fuente, ora con leche de vacas, ora con
miel silvestre. Asimismo añadió mulsa, que es hecha de miel y agua cocida.
De esta manera, aquellos pelos retorcidos y anudados y con muchos olores
perfumados puso en medio de las brasas para quemar. Entonces, con la
gran fuerza y poder de la nigromancia, y por la oculta violencia de los
espíritus apremiados y constreñidos, aquellos cuerpos, cuyos pelos crujían
en el fuego, reciben humano espíritu y sienten y oyen y andan y se van
hacia la parte los que llevaban el oro de su mismo despojo y llegaban a la
puerta de casa, porfiando entrar, como si fuera aquel mancebo beocio. En
esto, tú, engañado con la obscuridad de la noche y con el vino que habías
bebido, armado con tu espada en la mano y con gran osadía, casi perdido el
seso, como aquel Ajaces griego, no matando ovejas como él destrujó y

mató muchas, pero muy más fuerte y esforzadamente mataste tres odres
hinchados. De manera que, vencidos los enemigos sin haber mácula de
sangre, te abrazaré, no como a matahombres, pero como a mataodres.
Siendo yo de esta forma burlado y escarnecido con las graciosas
palabras de Fotis, díjele:
-Pues que así es, paréceme, señora, que yo podré muy bien contar esta
primera gloria de virtud, igualándola al ejemplo de los doce trabajos de
Hércules, que como él mató a Gerión, que era de tres cuerpos, o al
cancerbero del infierno, de tres cabezas, así yo maté otros tantos odres.
Pero por el amor que te tengo y por que sin engaño te remita y perdone
todo el delito en que con tanto trabajo y fatiga de mi corazón me lanzaste,
te ruego que me digas lo que con mucha vehemencia te demando: y es que
me enseñes a tu señora, cuando hace alguna cosa de esta arte mágica,
cuando se muda en otra forma. Porque yo soy muy deseoso de conocer y
ver por mis ojos alguna cosa de esta nigromancia, como quiera que bien sé
yo cierto que tú no eres ruda y sin parte de esta ciencia, lo cual yo sé y


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