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La metamorfosis o El asno de oro (Lucio Apuleyo) - pág.49

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Con el fin de estas razones yo besaba los ojos de mi Fotis, que los tenía
húmedos de lágrimas, medio cerrados y marchitos. Ella, con esta alegría
recreada, díjome:
- Señor, te ruego que esperes; cerraré la puerta de la cámara por que no
haya algún escándalo de las palabras que con nuestro placer hablaremos.
Y diciendo esto, echó la aldaba a la puerta, con su garabatillo bien
afirmado, y tornada a mí, abrazándome con ambas manos, díjome con voz
muy sutil y queda:
-Gran temor y miedo tengo de descubrir los secretos de esta casa y
revelar las cosas ocultas y encubiertas de mi señora; pero confiando en tu
discreción, que demás de la nobleza de tu generoso linaje y de tu alto
ingenio, lleno y consagrado de religión, soy cierta que conoces la santa fe
del silencio, en tal manera, que cualquier cosa que yo sometiere al claustro
de tu religioso pecho, te ruego y suplico siempre la tengas y guardes, y lo
que simple y arrebatadamente te digo, hazlo de remunerar con la tenacidad
de tu silencio: porque la fuerza del amor que, más que ninguna de cuantas
viven, te tengo, me compele a descubrirte este secreto. Ya sabes todo el
estado de nuestra casa, y también sabrás los secretos maravillosos de mi
señora, por los cuales le obedecen los muertos, las estrellas se turban, los
dioses son apremiados, los elementos le sirven, y en cosa alguna tanto
esfuerza la violencia de ésta su arte como cuando ve a algún mancebo
gentilhombre que le agrada: lo cual suele acontecer a menudo, que aun
ahora está muerta de amores por un mancebo hermoso y de buena
disposición, contra el cual ejerce y apareja todas sus artes, manos y
artillería. Oíle decir ayer, a vísperas, por estos mismos oídos, amenazando
al Sol, que si presto no se pusiese y diese lugar a que la noche viniese para
ejercer las cautelas de su arte mágica, que lo haría cubrir de una niebla
obscura y que perpetuamente estuviese obscurecido. Este mozo que digo,
viniendo allá anteayer del baño, vio estar sentado en casa de un barbero, y
como vio que lo afeitaban, mandome a mí que secretamente tomase de los


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