La metamorfosis o El asno de oro (Lucio Apuleyo) - pág.24
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muy mucho más de la lindeza de sus personas que no del color de los
brocados y sedas. Y aunque sea cosa de no decir, ni nunca hubiese tan mal
ejemplo, si trasquilasen a una mujer que fuese la más hermosa y acabada en
perfección del mundo, aunque fuese venida del cielo y criada en el mar, y
aunque fuese la diosa Venus acompañada de sus ninfas y graciosas con su
Cupido y toda la compaña que le sigue, con su arreo de cinta de cadenas y
olores de cinamomo y bálsamo, si viniere calva y sin cabellos, no podrá
placer a nadie, ni tampoco a su marido Vulcano. ¿Qué color se puede
igualar ni agradar tanto como el lustre natural de los cabellos, que contra el
resplandor del Sol relumbra y varía el color en diversas gracias? Ahora, de
una parte, resplandece como oro, de la otra de color mellada; ahora parece
verde obscuro imitando a las plumas y fleco del cuello de las palomas o al
cuervo que le luce el color negro. Mayormente, cuando ellas se peinan y
hacen la partidura con ungüento arábigo, después que juntan sus cabellos y
los trenzan en las espaldas, si las ven sus amadores, míranse en ellas como
en un espejo; especialmente si los cabellos, siendo muchos y espesos, están
sueltos y tendidos por las espaldas. Finalmente, tanta es la gracia de los
cabellos, que aunque una mujer esté vestida de seda y de oro y piedras
preciosas, y tenga todo el atavío y joyas que quisiere, si no mostrare sus
cabellos, no puede estar bien adornada ni ataviada; pero en mi señora Fotis,
no el atavío de su persona, mas estando revuelta como estaba, le daba muy
mucha gracia. Ella tenía muchos cabellos espesos que le llegaban bajo la
cintura con una redecilla de oro, ligados con un nudo cerca del principio.
De manera que yo no me pude sufrir más; inclineme y tomela por cerca del
nudo de los cabellos y suavemente la comencé a besar. Ella volvió la
cabeza, y mirándome astuta con el rabillo del ojo, me dijo:
-Oye tú, escolar, dulce y amargo gusto tomas: pues guárdate, que con
mucho sabor de la miel, no ganes continua amargura de hiel.
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