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La metamorfosis o El asno de oro (Lucio Apuleyo) - pág.19

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cómo estaba en aquella ciudad, que es en medio de Tesalia, adonde por
todo el mundo es fama que hay muchos encantamientos de arte mágica;

también consideraba aquella fábula de Aristómenes mi compañero, la cual
había acontecido en esta ciudad. Y con esto andaba curioso, atónito,
escudriñando todas las cosas que oía. Y no había otra cosa en aquella
ciudad que, mirándola, yo creyese que era aquello que era; mas parecíame
que todas las cosas con encantamientos estaban tornadas en otra figura: las
piedras, hallaba que eran endurecidas de hombres; las aves que cantaban,
asimismo de hombres convertidas; los árboles, que eran los muros de la
ciudad, por semejante eran tornados; las aguas de las fuentes, que eran
sangre de cuerpos de hombres: pues ya las estatuas e imágenes parecían
que andaban por las paredes, y que los bueyes y animales hablaban y
decían cosas de presagios o adivinanzas. También me parecía que del cielo
y del Sol había de ver alguna señal. Andando así atónito, con un deseo que
me atormentaba, no hallando comienzo ni rastro de lo que yo codiciaba,
andaba cercando y rodeando todas las cosas que veía; así que andando con
este deseo, mirando de puerta en puerta, súbitamente, sin saber por dónde
andaba, me hallé en la plaza de Cupido; y he aquí dónde veo venir una
dueña bien acompañada de servidores y vestida de oro y piedras preciosas,
lo cual mostraba bien que era una mujer honrada; venía a su lado un viejo
ya grave en edad, el cual, luego que me miró, dijo:
-Por Dios, éste es Lucio.
Y diome paz, y llegose a la oreja de la dueña y no sé qué le dijo muy
pasico. Y tornose a mí, diciendo:
-¿Por qué no llegas a tu madre y le hablas?
Yo dije:
-He vergüenza, porque no la conozco.
Y en esto, la cara colorada y la cabeza abajada, detúveme; ella puso los
ojos en mí, diciendo:
-¡Oh bondad generosa de aquella muy honrada Salvia, tu madre, que en
todo le pareces igualmente como si con un compás te midieran! De buena
estatura, ni flaco ni gordo, la color templada, los cabellos rojos como ella,
los ojos verdes y claros, que resplandecen en el mirar como ojos de águila;


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