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La metamorfosis o El asno de oro (Lucio Apuleyo) - pág.15

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compañera de su tristeza y avaricia, que no tiene en su casa persona, salvo
una mozuela, que aun tan avariento es que anda vestido como un pobre,
que pide por Dios.
Cuando yo oí estas cosas, reíme entre mí, diciendo:
«Por cierto, liberalmente lo hizo conmigo, y me aconsejó mi amigo
Demeas, que me enderezó a tal hombre como éste, en cuya casa no tendré
miedo de humo ni de olor de la cocina.»
Como esto dije, yendo un poco adelante, llegué a la puerta de Milón, a
la cual, como estaba muy bien cerrada, comencé a llamar y tocar. En esto
salió una moza, que me dijo:
-Oye tú, que tan reciamente llamas a nuestra puerta, ¿qué prenda traes
para que te presten sobre ella dineros? ¿No sabes tú que no hemos de
recibir prenda sino de oro o de plata?
Yo dije:
-Mejor lo haga Dios. Respóndeme si está en casa tu señor.
Ella dijo:

-Sí está; mas dime qué es lo que quieres.
Yo respondí:
-Tráigole cartas de Corinto de su amigo Demeas.
Ella díjome:
-Pues en tanto que se lo digo espérame aquí.
Y diciendo esto, cerró muy bien su puerta y entrose dentro. Dende a
poco tornó a salir, y abierta la puerta, díjome que entrase. Yo entré, y hallé
a Milón sentado a una mesilla pequeña, que aquel tiempo comenzaba a
cenar. La mujer estaba sentada a los pies, y en la mesa había poco o casi
nada que comer.
Él me dijo:
-Ésta es tu posada.
Yo le di muchas gracias y luego le di las cartas de Demeas, las cuales
por él leídas, dijo:
-Yo quiero bien y tengo en merced a mi amigo Demeas, que tan honrado
huésped envió a mi casa.
Y diciendo esto, mandó levantar a su mujer y que yo me posase en su
lugar. Yo, con alguna vergüenza, deteníame, y él tomome por la falda,
diciendo:
-Siéntate aquí, que, por miedo de ladrones, no tenemos otra silla, ni
alhajas, las que nos conviene.
Yo senteme. Él me dijo:
-Según muestras en tu presencia y cortesía, bien pareces ser de noble
linaje, y así lo conocerá luego quien te viere; pero, además de esto, mi


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