Quintín Durward (Walter Scott) - pág.351
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El animal acudió a su llamada; pero durante algún tiempo no quiso dejarse coger, resoplando y escapándose cuando se le acercaba la persona extraña para él. Por fin, el conocimiento general que Quintín poseía de las costumbres del animal, y quizá algún detalle especial de las costumbres de Klepper, que había con frecuencia admirado mientras Hayraddin y él viajaron juntos, le capacitaron para apoderarse del caballo y cumplir así el último ruego del bohemio. Mucho antes de volver a entrar en Peronne, el bohemio había ingresado donde la vanidad de su temeroso credo había de tener su fin, experiencia terrible para uno que no había expresado remordimiento por el pasado ni aprensión por el futuro.
Capítulo XXXV
Un premio al honor
Es halagador para la belleza
el conquistarla con la punta de la espada.
El Conde Palatino.
Cuando Quintín Durward regresó a Peronne se celebraba un consejo, en cuyo resultado estaba más interesado de lo que podía sospechar, y el cual, aunque constituído por personas de un rango con el que una persona del suyo apenas podía suponerse que tuviese comunidad de intereses, tuvo, no obstante, la más extraordinaria influencia a su fortuna.
El rey Luis, que después del episodio del enviado de De la Marck no había omitido oportunidad para cultivar el interés que había recobrado a los ojos del duque, le había consultado, o mejor dicho, había escuchado su opinión sobre el número y calidad de las tropas, con las que, como auxiliar del duque de Borgoña, había de tomar parte en su expedición combinada sobre Lieja. Vió claramente el deseo de Carlos de que acudiesen a su campamento sólo aquellos franceses que por su pequeño número y calidad superior pudiesen más bien ser considerados como huéspedes que como auxiliares; pero siguiendo el consejo de Crèvecoeur, asintió tan pronto a todo lo que el duque propuso como si hubiese surgido de su propio magín.
El rey no dejó de resarcirse de su conformidad, dando suelta a su temperamento vengativo contra Balue, cuyos consejos le habían llevado a depositar tanta confianza en el duque de Borgoña. Tristán, que llevaba las órdenes para desplazar sus fuerzas auxiliares, tenía además el encargo de llevar al cardenal al castillo de Loches y encerrarle allí en una de esas celdas de hierros, que se dice él mismo había inventado.
-Déjele que pruebe sus propios inventos -dijo el rey-; es un hombre de la santa Iglesia; no debemos derramar su sangre; pero, ¡Pasques-dieu!, su obispado, en los diez años venideros, tendrá una frontera inexpugnable. Procura que las tropas vengan en seguida.
Quizá con esta rápida condescendencia esperaba Luis evitar la condición más desagradable con la que el duque había hecho más difícil su reconciliación.
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