Quintín Durward (Walter Scott) - pág.301
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-¿Y no estás tú avergonzado, mi real señor? -replicó el filósofo- Tú, cuyo adelanto en ciencia era tan notable, tu recelo tan rápido, tu perseverancia tan incesante ¿No estás avergonzado de amilanarte al primer revés de la fortuna, como un pusilánime al primer chasquido de armas? ¿No te propusiste participar de esos misterios que elevan a los hombres sobre las pasiones, las penas, las adversidades, las tristezas de la vida, estado sólo posible de lograr con la firmeza del antiguo estoico, y te encoges ante la primera presión de la adversidad y pierdes el premio glorioso para el que partiste, desviándote asustado de tu camino, como caballo de carrera espantado por peligros irreales y vagos?
-¡Irreales y vagos! ¡No tienes dos dedos de frente! -exclamó el rey-. ¿Es irreal este calabozo? Las armas de los guardias de mi detestado enemigo borgoñés, cuyo crujido puedes oír en la puerta, ¿son cosas vagas? ¿Cuáles, traidor, son los peligros reales, si no lo son la prisión, el destronamiento y el peligro de la vida?
-La ignorancia, la ignorancia, hermano, y el prejuicio -contestó el sabio con gran firmeza- son los únicos peligros reales. Créeme; los reyes, en la plenitud de su poder, cuando se encuentran sumergidos en la ignorancia y el prejuicio, son menos libres que los sabios en un calabozo cargados de cadenas. Hacia esta verdadera felicidad me compete el guiarte; a ti corresponde escuchar mis instrucciones.
-¿Y es a semejante libertad filosófica a la que tus lecciones tienden a guiarme? -dijo el rey amargamente-. ¡Me gustaría que en Plessis me hubieras aclarado que el dominio tan pródigamente prometido era un imperio sobre mis pasiones; que el éxito del que debía estar seguro se refería a mi progreso en filosofía, y que podía llegar a ser tan sabio y erudito como un vagabundo charlatán de Italia! ¡Podía seguramente haber logrado este dominio mental a un precio más moderado que el de la pérdida de la más bella corona de la Cristiandad y el de llegar a ser un ocupante de un calabozo en Peronne! Márchate, y no pienses en escapar a un justo castigo. ¡Hay un cielo sobre nosotros!
-No te abandono a tu suerte -replicó Martins- hasta que haya justificado ante tus ojos, aunque estén obscurecidos, aquella mi reputación, piedra más brillante que la más brillante en tu corona, que será el asombro del mundo siglos después que todo el linaje de los Capetos yazca olvidado en el osario de Saint Denis.
-Habla -dijo Luis-; tu descaro no puede hacerme cambiar mi opinión respecto a ti. Sin embargo, como nunca más juzgaré como rey, no quiero censurarte sin oírte. Habla, pues, aunque lo mejor que puedes hacer es decir la verdad. Confiesa que soy un incauto; tú, un impostor; tu pretendida ciencia, un sueño, y que los planetas que brillan sobre nosotros tienen tan poca influencia sobre nuestro destino como sus imágenes, al ser reflejadas por el río, tienen poder para modificar su curso.
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