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Quintín Durward (Walter Scott) - pág.251

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     Cuando el conde de Crèvecoeur hubo hecho su promesa pareció algo aliviado su espíritu de la abrumadora pena y asombro que la noticia de la tragedia de Schonwaldt le había producido, y procedió a interrogar a Durward más minuciosamente sobre los detalles de ese asunto tan desgraciado, que el escocés, deseoso de aumentar el espíritu de venganza que el conde sentía contra Guillermo de la Marck, le dió con toda amplitud.
     -Pero esos vecinos de Lieja, ciegos, inconstantes, infieles, bestias, ¡parece mentira que se hayan podido combinar con este inexorable ladrón y asesino para asesinar a su príncipe legítimo!
     Durward informó al borgoñés que los de Lieja, o, por lo menos, los de superior categoría social, aunque habían secundado con rapidez la rebelión contra su obispo, no tenían intención, o por lo menos así le parecía a él, de ayudar a la execrable hazaña de De la Marck, sino que, al contrario, lo hubieran evitado de haber contado con medios para ello, y se aterrorizaron cuando lo presenciaron.
     -¡No me hables de la plebe, infiel o inconstante! -dijo Crèvecoeur-. Cuando cogen las armas contra un príncipe, que no tiene más falta que la de ser demasiado amable y demasiado bueno con esos desagradecidos esclavos; cuando se arman contra él, e irrumpen en su casa pacífica, ¿qué intención podía animarles sino el asesinato?; cuando se alían con el Jabalí Salvaje de las Ardenas, el mayor homicida en los pantanos de Flandes, ¿qué otro fin podía guiarles sino el asesinato, que es el verdadero objeto de su vida? Me gustaría ver los pedazos de sus cuerpos chorreando sangre a la luz de sus casas incendiadas. ¡Oh! ¡El lord noble y generoso a quien han asesinado! Otros vasallos se han rebelado contra la presión de los impuestos y de la penuria; pero no se concibe en los hombres de Lieja, que nadan en la abundancia.
     De nuevo abandonó las riendas de su corcel y se retorció, las manos, enrabiado. Quintín se percató fácilmente que la pena que le manifestaba resultaba aumentada por el amargo recuerdo de su antiguo trato y amistad con la víctima, y permaneció callado, respetando sentimientos que no deseaba aumentar y, al mismo tiempo, comprendía no podía consolar.
     Pero el conde de Crèvecoeur volvía una y otra vez al tema: le preguntaba cada detalle de la sorpresa de Schonwaldt y de la muerte del obispo; y entonces, repentinamente, como si hubiese recordado algo que se le había olvidado, preguntó qué había sido de lady Hameline y por qué no estaba con su pariente.
     -No es -añadió despreciativamente- que considere su ausencia como una pérdida para la condesa Isabel, pues aunque sea su tía y en general una mujer de distinción, sin embargo, la corte de Cocagne no produjo nunca una tonta mayor, ¡y doy por seguro que su sobrina, a quien siempre consideré como joven modesta y ordenada, se metió en la absurda aventura de huir de Borgoña, a Francia por esa idiota romántica, vieja, casamentera y que desea casarse!


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