Quintín Durward (Walter Scott) - pág.201
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Al abandonar este santo lugar, Quintín empezó a observar que él, que hasta entonces había estado curioseando con avidez, era a su vez objeto de especial atención por varios grupos de vecinos, que le miraban fijamente cuando abandonó la iglesia, y que entre ellos susurraban algunas palabras, que de uno en otro se fueron corriendo, aumentando el número de personas considerablemente, y las miradas de los nuevos enterados iban a parar directamente a Quintín, expresando asombro, interés y curiosidad, unido a un cierto grado de respeto.
Finalmente, se encontró en el centro de una muchedumbre considerable, la cual seguía mirándole, estrujándole e impidiéndole seguir más adelante. Así, pues, su situación era tan embarazosa, que no podía prolongarse sin procurar obtener alguna explicación.
Quintín miró a su alrededor y se fijó en un hombre respetable, de buena estatura y rostro jovial, quien, bajo su casaca de terciopelo y cadena de oro, parecía ser un personaje, o tal vez un magistrado, preguntándole si veía algo de particular en su persona que atrayese de un modo tan poco usual la atención del público, o si, por casualidad, era la costumbre del pueblo de Lieja aglomerarse alrededor de los extranjeros que visitaban la ciudad.
-Ciertamente no, señor mío -respondió el individuo-; los naturales de Lieja no tienen esa fea costumbre, ni existe nada en su traje o apariencia para que resulte extraño en esta ciudad; antes al contrario, nuestros ciudadanos están a la vez encantados de verle y deseosos de servirle.
-Esas son palabras corteses, digno señor -dijo Quintín-. Pero, ¡por la cruz de San Andrés!, no puedo adivinar su significado.
-Su juramento, señor -respondió el mercader de Lieja-, así como su acento, me convencen de que no andamos descaminados.
-¡Por mi patrón San Quintín! -dijo Durward- Cada vez comprendo menos lo que quiere usted decir.
-Y dale... -añadió su interlocutor en tono muy provocativo, a medida que hablaba, aunque dentro de las normas de la cortesía-. No nos compete a nosotros, digno señor, averiguar lo que juzga oportuno ocultar. Pero ¿por qué jurar por San Quintín si no me explica su intención? Conocemos al buen conde de Saint Paul, que se encuentra aquí en la actualidad y ve con simpatía nuestra causa.
-¡Por vida mía! -dijo Quintín-, usted sufre alguna alucinación; no sé nada de Saint Paul.
-No discuto -dijo el de Lieja-, aunque escuche: mi nombre es Pavillon.
-¿Y qué tengo yo que ver con eso, señor Pavillon? -dijo Quintín.
-No, nada; sólo creía que podía satisfacerle el saberme digno de su confianza. Aquí está también mi colega Rouslaer.
Rouslaer avanzó, corpulento, dignatario, cuya hermosa y redonda panza, como un ariete, empujaba a la muchedumbre ante él, y recomendando prudencia en voz baja a su vecino, díjole en tono de reproche:
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