Quintín Durward (Walter Scott) - pág.151
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-Puso su sombrero sobre la mesa y, arrodillándose devotamente ante las imágenes sujetas en la cinta del sombrero, rezó en tono contrito-: ¡Sancte Huberte, Sancte Juliane, Sancte Martine, Sancte Rosalia, Sancti quotquot adestis, orate pro me peccatore! Después se golpeó el pecho, se levantó, cogió su sombrero y continuó-: Estate seguro, buen padre, que cualquiera que sea lo que haya en el fondo de la comisión a que te has referido, su ejecución no será confiada a este joven ni sería informado de mi propósito en ese particular.
-En esto -dijo el astrólogo-, mi real hermano, obrará sabiamente. Algo puede recelarse de la impetuosidad de este joven comisionado, un desliz inherente a las personas de constitución sanguínea. Pero le aseguro que, según las reglas del arte, esta probabilidad no ha de anular las otras propiedades descubiertas por su horóscopo y de otro modo.
-¿Será esta medianoche hora propicia para comenzar un viaje peligroso? -preguntó el rey-. Mira, aquí están tus efemérides; mira la posición de la luna respecto a Saturno y la ascensión de Júpiter. Me parece que esto señala, salvo tu mejor opinión, éxito para aquel que envía la expedición a semejante hora.
-Para el que envía la expedición -dijo el astrólogo después de una pausa- esta conjunción promete éxito; pero me parece que Saturno, que está revuelto, señala peligro e infortunio para los enviados, de lo que infiero que la comisión puede ser peligrosa o aun fatal para aquellos que van de viaje. En esta adversa conjunción se lee violencia y cautividad.
-Violencia y cautividad para los que son enviados -comentó el rey-; pero éxito para los deseos del que envía, ¿no es eso, mi amado padre?
-Así es -replicó el astrólogo.
El rey se calló, sin dar a entender de qué modo los presagios de este discurso (probablemente aventurado por el astrólogo al conjeturar que la comisión referida encerraba un fin peligroso) convenían a su real propósito, que, como el lector sabe, era traicionar a la condesa Isabel de Croye y entregarla a Guillermo de la Marck, noble de alta estirpe, pero conducido por sus crímenes a actuar de jefe de bandidos, que se distinguía por su carácter turbulento y bravura feroz.
El rey sacó entonces un papel de su bolsillo y, antes de entregarlo a Martivalle, dijo, en tono que se asemejaba al de un panegírico:
-Sabio Galeotti, no te sorprendas que, poseyendo en ti un tesoro como oráculo, superior al existente en cualquier persona viviente, sin exceptuar al propio gran Nostradamus, desee frecuentemente servirme de tu habilidad en resolver aquellas dudas y dificultades que rodean a todo príncipe que tiene que luchar con la rebelión en su propio país y con enemigos exteriores, ambos poderosos e inveterados.
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