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Quintín Durward (Walter Scott) - pág.101

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Traer a mi presencia al enviado de Borgoña.
     -Beati pacifici -dijo el cardenal Balue.
     -Es verdad, y su eminencia sabe que los que se humillan serán exaltados -añadió el rey.
     El cardenal respondió: «Amén», a lo que pocos asintieron, pues aun los pálidos carrillos de Orleáns se sonrojaron de vergüenza, y Balafré disimuló tan poco sus sentimientos, que dejó caer la contera de su alabarda pesadamente contra el suelo, movimiento de impaciencia por el que sufrió un cruel reproche del cardenal, con una lección sobre la manera de tener las armas en presencia del soberano. El propio rey parecía estar molesto, contra su costumbre, por el silencio a su alrededor.
     -Estás pensativo, Dunois -dijo-. No te gusta el que cedamos ante este terco enviado.
     -De ningún modo -dijo Dunois-; no me mezclo en asuntos que no me competen. Sólo estaba pensando en pedir una merced a Su Majestad.
     -Una merced, Dunois, ¿qué es ello? No eres un pedigüeño por sistema y puedes contar con mi asentimiento.
     -Entonces suplicaría a Su Majestad que me enviase a Evreux a instruir a los sacerdotes -dijo, Dunois con franqueza militar.
     -Eso rebasa tu esfera -replicó el rey sonriendo.
     -Podría ordenar sacerdotes tan bien -replicó el conde- como mi lord el obispo de Evreux, o mi lord el cardenal si prefiere este título, podría enseñar la instrucción a los soldados de la guardia de Su Majestad.
     El rey sonrió de nuevo y más misteriosamente, mientras decía en voz baja a Dunois:
     -Llegará el tiempo en que tú y yo ordenemos juntos a los sacerdotes. Pero éste de ahora es un animal de obispo muy presumido. ¡Ah, Dunois! Roma nos echó encima esta carga y obras. Pero, paciencia, primo, y barajemos las cartas hasta que nos toque ganar (24).
     El sonido de trompetas en el patio de honor anunció la llegada del noble borgoñés. Todos en el salón de recepciones se apresuraron a colocarse en el sitio que les correspondía, permaneciendo en el centro de la asamblea el rey y sus hijas.
     El conde de Crèvecoeur, guerrero famoso o intrépido, entró en la habitación, y contra la costumbre entre los enviados de potencias amigas, apareció todo armado, excepto su cabeza, en un vistoso traje hecho con la más soberbia armadura milanesa de acero, con adornos y relieves de oro, trabajada según el fantástico estilo árabe. Alrededor de su cuello y sobre su pulida coraza colgaba la insignia del Toisón de Oro, una de las más preciadas condecoraciones que entonces se conocían en la cristiandad. Un hermoso paje llevaba su casco detrás de él, y un heraldo le precedía llevando sus cartas de presentación, que ofreció de rodillas al rey, mientras el embajador se detenía en el centro del hall como para dar tiempo a que todos los presentes admirasen sus miradas altaneras, estatura dominante y actitud retadora.


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