Quintín Durward (Walter Scott) - pág.50
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-Joven -dijo maese Pedro-, no juzgues tan atrevidamente las acciones de los soberanos. Luis trata de ahorrar la sangre de sus súbditos y no se preocupa por la suya. Se portó como un hombre valeroso en Montl´Hery.
-Ya; pero eso fué hace doce años o más -contestó el joven-. Me gustaría seguir a un amo que mantuviese su honor tan brillante como su escudo y que se aventurase siempre en el tropel de la batalla.
-¿Por qué no te detuviste entonces en Bruselas con el duque de Borgoña? Te hubiera puesto en camino de romperte los huesos a diario, y antes de quedarse atrás, hubiera hecho la tarea por ti mismo, especialmente si llega a enterarse que habían pegado a su guardabosque.
-Verdaderamente -dijo Quintín-, mi sino desgraciado me ha cerrado esa puerta.
-Sin embargo, hay abundancia fuera de aquí de osados con los que los jóvenes alocados encontrarían servicio -dijo su consejero-. ¿Qué piensas, por ejemplo, de Guillermo de la Marck?
-¡Cómo! -exclamó Durward-. ¿Servir al de la Barba, servir al Jabalí de las Ardenas, a un capitán de pillos y asesinos, que mataría a un hombre por lo que vale su capa y que asesina a frailes y peregrinos como si fuesen caballeros armados y gente de guerra? Sería un borrón eterno en el escudo de mi padre.
-Bien, joven ardoroso -replicó maese Pedro-; si juzgas al sanglier demasiado cruel, ¿por qué no sigues al joven duque de Gueldres? (9).
-¿Seguir a esa furia? -dijo Quintín-. No hay quien le aguante. ¡Le están esperando en el infierno! Dice la gente que puso prisionero a su propio padre y que llegó a pegarle. ¿Puede usted creerlo?
Maese Pedro pareció algo desconcertado con el horror innato con que el joven escocés hablaba de ingratitud filial, y contestó:
-No sabes, joven, qué poco subsisten los lazos de parentesco entre los de elevada alcurnia.
Después cambió el tono en el que había comenzado a hablar, y añadió alegremente:
-Además, si el duque ha pegado a su padre, te aseguro que su padre le había pegado antes; así es que sólo era un ajuste de cuentas.
-Me maravilla oírle hablar de ese modo -dijo el escocés, rojo de indignación-; las canas como las suyas deberían buscar objetos más adecuados para bromear. Si el anciano duque pegó a su hijo en su niñez, no le pegó bastante, pues era preferible que hubiese muerto a estacazos que vivir para hacer que el mundo cristiano se avergonzase de que semejante monstruo haya sido bautizado.
-A este tenor -dijo maese Pedro-, y dado cómo juzgas los caracteres de cada príncipe y jefe,
pienso que sería mejor que te erigieses a ti mismo en capitán, pues ¿dónde uno tan sabio encontraría jefe digno de que le mandase?
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