Quintín Durward (Walter Scott) - pág.48
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Y, sin embargo, este almuerzo merecía los elogios que los mesoneros franceses acostumbran a otorgar a sus banquetes, como el lector verá en el siguiente capítulo.
Capítulo IV
El almuerzo
¡Santo Dios! ¡Qué masticadores!
¡Qué pan!
Viajes de Yorick.
Hemos dejado a nuestro joven forastero en Francia en una situación más confortable de la que hasta ahora había encontrado desde que penetró en los territorios de los antiguos galos. El almuerzo, según indicamos al final del último capítulo, fué admirable. Hubo una pâte de Perigord, con la que un gastrónomo hubiera deseado vivir y morir, como los comedores de lotus de Homero, olvidados de parientes, país natal y cualquiera especie de obligaciones sociales. Sus vastas murallas de magnífica costra parecían puestas, cual baluartes de rica ciudad, como demostración de la riqueza que tienen que proteger. Había un delicado ragout, con aquella petit point de l´ail que los gascones aman y los escoceses no odian. Había además un delicado pernil que no hacía mucho había pertenecido a un noble jabalí en los bosques vecinos de Mountrichart. Había el pan blanco más exquisito, hecho en forma de panecillos redondos llamados boules (de donde los panaderos toman en Francia el nombre de boulangers), cuya corteza era tan tentadora que aun sólo con agua sería un bocado exquisito. Pero no sólo había agua, pues también había un frasco de cuero llamado bottrine que contenía medio azumbre aproximado, de un exquisito vin de Beaulne. Tantas buenas cosas hubieran despertado el apetito a un muerto. ¿Qué efecto, pues, no había de producir en un joven de veinte años escasos, quien (debemos decir la verdad) apenas había comido en los dos últimos días, excepto la escasa fruta madura que por casualidad acertaba a coger y una ración muy exigua de pan de cebada? Se arrojó sobre el ragout y dió fin de la fuente; atacó al magnífico pastel, ahondó en las entrañas del mismo, y rociando su abundante comida con copas de vino, volvió una y otra vez a la carga, con el asombro del posadero y el regocijo de maese Pedro.
El último, probablemente por ser el autor de una acción más amable de lo que había pensado, parecía encantado con el apetito del joven escocés; y cuando, por fin, observó que sus esfuerzos comenzaban a languidecer, trató de estimularlo a nuevos esfuerzos, ordenando confituras, darioles y otras golosinas menudas que pensaba podían incitarle a continuar su comida. Mientras se entretenía de este modo, el rostro de maese Pedro expresaba cierto género de buen humor, que casi reflejaba benevolencia, y que parecía muy distanciado de su carácter ordinario, severo, cáustico y astuto. Los ancianos casi siempre simpatizan con las alegrías de los jóvenes y con sus esfuerzos de toda clase cuando el espíritu del espectador permanece en su equilibrio natural y no está perturbado por la envidia o por la emulación.
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