Quintín Durward (Walter Scott) - pág.47
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Pero te olvidas, señorito Quintín, que te debo un almuerzo por la mojadura que mi equivocación te proporcionó. Es el castigo por haberte ofendido.
-En realidad -contestó el animoso muchacho- ya había olvidado mojadura, ofensa, castigo y todo. Mis ropas se han secado con el paseo, o poco les falta; pero no rehusaré su amable ofrecimiento, pues mi comida de ayer fué frugal, y no cené. Usted parece un viejo y respetable burgués y no veo razón para no aceptar su ofrecimiento.
El francés se rió a escondidas, pues se percató plenamente que el joven, a pesar de estar medio muerto de hambre, encontraba alguna dificultad para reconciliarse con la idea de comer a costa de un extraño e intentaba someter su orgullo interior con la reflexión de que al aceptar cortesía tan ligera daba gusto al anciano.
Mientras tanto, descendieron por una calle estrecha sombreada por altos olmos, al fondo de la cual un pórtico les dió entrada en el patio de una posada de dimensiones no corrientes, calculada para el alojamiento de los nobles y sus cortejos que tenían asuntos en el vecino castillo, donde raras veces y únicamente cuando semejante hospitalidad era inevitable, permitía Luis XI que estuviese albergado alguno en su corte. Un escudo de armas, que ostentaba la flor de lis, se veía sobre la puerta principal del irregular y vasto edificio; pero no había ni en el patio ni en los locales ese bullicio que en aquellos días, cuando se alojaba a huéspedes en establecimientos públicos y privados, indicaba que había negocios y movimiento de viajeros. Parecía como si el carácter hosco y poco sociable de la mansión real de la vecindad hubiese comunicado parte de su melancolía solemne y terrorífica a un sitio al que se consideraba, según la costumbre universal, por templo de la sociedad alegre y de buen humor.
El maese Pedro, sin llamar a nadie y sin aproximarse siquiera a la entrada principal, levantó el picaporte de una puerta lateral y se dirigió a una amplia habitación en la que un haz de leña crepitaba en el hogar y se veían preparativos para un substancial almuerzo.
-Mi compadre ha cuidado de todo -dijo el francés al escocés-. Debes de tener frío, y ha encargado un fuego; tienes que sentir hambre, y ahora almorzarás.
Silbó, y entró el posadero; contestó al bon jour de maese Pedro con una reverencia, pero en modo alguno demostró aquella charlatanería característica de los posaderos franceses de todas edades.
-Esperaba que un caballero -dijo maese Pedro- hubiese encargado un almuerzo. ¿Lo ha hecho?
En respuesta, sólo se inclinó el posadero, y mientras continuaba trayendo y disponiendo sobre la mesa los distintos platos de un reconfortante almuerzo no se preocupó de ensalzar sus méritos con una sola palabra.
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