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Quintín Durward (Walter Scott) - pág.46

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Mas el espectáculo no es una novedad, joven; cuando el verano cede el paso al otoño, y las noches de luna son largas, y los caminos se hacen peligrosos, puede verse un manojo de diez y hasta de veinte de tales bellotas colgando en esa vieja encina. Son a modo de estandartes desplegados para espantar a los bribones, y por cada malvado que del árbol cuelgue, un hombre honrado puede calcular que habrá un ladrón, un traidor, un salteador de caminos, un pilleur y opresor del pueblo menos en Francia. Estos, joven, son muestra de nuestra soberana justicia.
     -Yo les hubiera colgado más lejos de mi palacio de haber sido el rey Luis -dijo el joven-. En mi país colgamos los cuervos muertos en donde rondan los cuervos vivos, pero no en nuestros jardines o palomares. La peste de la carne corrompida, ¡qué asco!, llega a mis narices a la distancia en que nos encontramos.
     -Si vives para servidor honrado y leal de tu príncipe, buen joven -contestó el francés-, aprenderás que no hay perfume que iguale al olor de un traidor muerto.
     -No me gustará vivir para perder el olfato de mi nariz o la vista de mis ojos -dijo el escocés-. Muéstreme un traidor vivo, y aquí están mi mano y mi arma; pero una vez muerto, no debe subsistir el odio. Pero me parece que llegamos a una población en donde espero demostrarle que ni la zambullida ni el disgusto me han quitado el apetito para almorzar. Así es que, mi buen amigo, vayamos a la hostería con toda la velocidad posible. Antes, sin embargo, de aceptar su hospitalidad déjeme saber por qué nombre atiende.
     -Los hombres me llaman maese Pedro -contestó su compañero-. No poseo títulos. Soy un hombre corriente que vivo por mi cuenta. Ese es mi destino.
     -Así sea, maese Pedro -contestó Quintín-, y me alegro de que mi buena suerte nos haya juntado, pues necesito consejos oportunos, que sabré agradecer.
      Mientras así hablaban, la torre de la iglesia y un alto crucifijo de madera, que se elevaba por encima de los árboles, les cercioraron que estaban a la entrada de la población.
     Pero maese Pedro, desviándose un poco del camino, que ahora se había unido a una calzada abierta y pública, dijo a su compañero que la posada donde pensaba llevarle estaba algo retirada y sólo se recibía en ella a los viajeros más distinguidos.
     -Si quiere usted dar a entender aquellos que viajan con la bolsa bien repleta -contestó el escocés-, yo no soy del número, ¡y prefiero que me despojen en la carretera que en una posada!
     -¡Pasques-dieu! -dijo su guía-. ¡Qué cautos son los oriundos de Escocia! Un inglés entra decidido en una taberna, come y bebe de lo mejor y nunca piensa en la cuenta hasta que tiene la tripa llena.


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