Quintín Durward (Walter Scott) - pág.45
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-¿Cómo se llama? -preguntó el anciano-. Lo averiguaremos, pues no es conveniente que subas al castillo, donde podían tomarte por un espía.
-¡Por la salud de mi padre! -dijo el joven-. ¡Yo tornado por un espía! ¡Que se condene quien me acuse de semejante falsedad! ¡No tengo por qué ocultar el apellido de mi tío! ¡Es Lesly; Lesly, apellido noble y honrado!
-Así lo será, no lo dudo -dijo el anciano-; pero hay tres con ese apellido en la Guardia escocesa.
-Mi tío se llama Ludovico Lesly -dijo el joven.
-De los tres Leslys -contestó el comerciante-, dos se llaman Ludovico.
-Llaman a mi pariente Ludovico el de la Cicatriz -dijo Quintín-. Nuestros nombres familiares son tan comunes en una casa escocesa, que cuando no se poseen tierras usamos siempre el apodo.
-Un nom de guerre supongo querrá decir -contestó su compañero-; y al hombre de quien hablas nosotros le llamamos Le Balafré por la cicatriz que ostenta en su cara: un hombre como es debido y un buen soldado. Me gustaría poderte facilitar una entrevista con él, pues pertenece a una tanda de caballeros cuyas obligaciones son estrictas, y que no salen con frecuencia fuera de su guarnición a no ser en servicio inmediato de la persona del rey. Y ahora, joven, contéstame a una pregunta. Apostaría algo a que deseas entrar a servir con tu tío en la Guardia escocesa. Si ese es tu propósito, es una intención loable, pero algo extemporánea, pues eres demasiado joven y se necesitan algunos años de práctica para el alto cargo a que aspiras.
-¡Quién sabe si alguna vez pensé semejante cosa! -dijo Quintín descuidadamente-; pero si lo hice, deseché ya mi fantasía.
-¿Cómo es eso, joven? -dijo el francés algo sorprendido -¿Hablas así de un cargo que tantos aspirantes tiene entre los más nobles de tus paisanos?
-Que gocen con él es mi deseo -dijo Quintín con mesura-. Hablando sin rodeos, me hubiera gustado estar al servicio del rey de Francia; pero por muy bien vestido y alimentado que me encontrase, amo más el espacio libre que el estar confinado en una jaula o nido de golondrina, allá, como llama usted a esas cajas enrejadas. Además -añadió en voz más baja-, y para ser sincero, no me gusta el castillo cuando el covintree (8) tiene las bellotas de aquel de allá.
-Adivino a lo que te refieres -dijo el francés-; pero habla con más claridad.
-Para hablar con más claridad -respondió el joven-, le diré que allá crece una hermosa encina, a un tiro de ballesta aproximadamente del castillo, y en esa encina cuelga un hombre con un coleto gris parecido a éste que llevo.
-¿De verdad? -dijo el francés- ¡Pasques-dieu! ¡Mira lo que vale tener ojos jóvenes! Yo veo algo, pero lo tomé por un cuervo entre las ramas.
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