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Quintín Durward (Walter Scott) - pág.44

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     -Y ahora di, joven -continuó-, ¿viste nunca una fortaleza tan fuerte y crees que hay hombres lo bastante valientes para asaltarla?
     El joven miró un rato con atención al lugar, cuya vista le atraía tanto que olvidó, en medio de su curiosidad juvenil, la humedad de su ropa. La expresión de su mirada y el color que le subió
a los carrillos le asemejaban a un hombre atrevido que medita una acción honrosa al contestar:
     -Es un castillo resistente y muy bien defendido; pero no hay imposibles para hombres valientes.
     -¿Hay alguien en tu país capaz de semejante hazaña? -preguntó el anciano con algo de sorna.
     -No afirmaré tal cosa -contestó el joven-; pero hay miles que por una buena causa intentarían hazaña tan atrevida.
     -¡Bah! -dijo el otro-. ¿Quizá seas tú el atrevido?
     -Faltaría a la verdad si me jactase que no existe peligro -contestó el joven Durward-; pero mi padre ha hecho un acto de valentía semejante, y estoy seguro de no ser bastardo.
     -Bien -dijo su compañero sonriendo-; puedes igualar a tu padre en el intento, pues los arqueros escoceses de la Guardia de Corps del rey Luis están de centinela en aquellas murallas; trescientos caballeros de la mejor alcurnia de tu país.
     -Y si yo fuese el rey Luis -respondió el joven- confiaría mi seguridad a la lealtad de los trescientos caballeros escoceses, demolería las murallas para llenar los fosos, llamaría a mis nobles pares y paladines y viviría como me correspondía, entre quiebras de lanzas en torneos lucidos, con festivales de día con los nobles y danzas de noche con las damas, y no tendría más miedo del enemigo que de una mosca.
     Su compañero sonrió de nuevo, y volviendo la espalda al castillo, al que observó se habían acercado demasiado, tornó otra vez al camino por una senda más ancha y más transitada que la que antes habían seguido.
     -Esta -dijo- nos conducirá a la población de Plessis, donde tú, como forastero, encontrarás acomodo razonable y decente. A unas dos millas más allá está la bonita ciudad de Tours, que da nombre a este condado rico y hermoso. Pero la población de Plessis, o Plessis del Parque, como a veces la llaman, por su vecindad a la residencia real y de la caza que está rodeada, te proporcionará hospitalidad más próxima y adecuada.
     -Le agradezco, amable señor, su información -dijo el escocés; pero mi estancia aquí será tan corta que si no necesitase un pedazo de carne y un trago de algo mejor que agua pasaría de largo por Plessis.
     -Creía -contestó su compañero- que tenías que ver a algún amigo en este sitio.
     -Y así es: a un hermano de mi madre -contestó Durward.


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