Quintín Durward (Walter Scott) - pág.42
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Fuertes y robustas surgen las murallas almenadas,
Y el foso se hunde en la profundidad. Lenta alrededor
De la fortaleza, corre el agua perezosa,
Y altas en el aire, lucen las torrecillas vigilantes.
Anónimo.
Mientras así hablaban Durward y su nuevo conocido dieron vista a todo el frente del castillo de Plessis-les-Tours, que aun en aquellos peligrosos tiempos en que los poderosos se veían obligados a residir en lugares de gran fortaleza se distinguía por el extremo y celoso cuidado con que se le vigilaba y defendía.
Desde el lindero del bosque en que el joven Durward se detuvo con su compañero, con el fin de tornar una vista de esta residencia real, se extendía, o más bien se elevaba, aunque con pendiente muy suave, una explanada abierta desprovista de árboles y arbustos, excepto una gigantesca y medio seca encina muy vieja. Este espacio quedaba despejado, según las reglas de la fortificación en todas las épocas, con el fin de que el enemigo no pudiese aproximarse a las murallas bajo cubierto o sin ser visto desde las almenas, y detrás de él se elevaba el castillo.
Había tres murallas exteriores, almenaradas y con torrecillas de trecho en trecho, y en cada esquina; el segundo recinto se elevaba más alto que el primero y estaba hecho de modo que dominase la defensa exterior en el caso de ser ganado aquél por el enemigo, y estando a su vez, de análoga manera, dominado por la barrera tercera y más interna.
Alrededor de la muralla exterior, según le informó el francés a su joven compañero (pues como se encontraban más bajos que los cimientos de la muralla no podían verlo), corría un foso de unos veinte pies de profundidad, al que proveía de agua una presa situada en el río Cher, o más bien en uno de sus afluentes. Enfrente de la segunda muralla, dijo, había otro foso, y un tercero, ambos de las mismas desusadas dimensiones, abierto entre el segundo y tercer recinto. Al borde, tanto del circuito más interno como más externo, estaba fuertemente fortificado con empalizadas de hierro, que cumplían la finalidad de lo que en la fortificación moderna se llama chevauxde-frise, estando la parte superior de cada empalizada erizada de agudas púas que debían costarle la vida al que intentase saltar sobre ellas.
En el interior del recinto tercero se elevaba el castillo, que se componía de edificios de diferentes períodos, dispuestos alrededor y unidos con la antigua e imponente torre del Homenaje, que era anterior a todos ellos, y se elevaba como gigantesco etíope negro, erguida en el aire, mientras la ausencia de ventanas, ya que las que había no eran mayores que agujeros de tirador dispuestos para la defensa irregularmente, comunicaban al espectador la misma desagradable impresión que experimentamos al contemplar un hombre ciego.
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