Quintín Durward (Walter Scott) - pág.41
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Durante la breve ceremonia el compañero de Durward parecía guardar la más estricta y escrupulosa atención, mientras Durward, no tan embebido en pensamientos religiosos, no podía por menos de reprocharse de haber tenido sospechas de un hombre tan bueno y humilde. Lejos de tenerle ya por un compañero y cómplice de ladrones, le faltaba poco para considerarle ahora como un santo.
Al terminar la misa se retiraron juntos de la capilla y el mayor dijo al joven camarada:
-Hay poco trecho desde aquí a la población; ahora puedes quebrantar tu ayuno con una conciencia tranquila; sígueme.
Volviendo a la derecha y siguiendo a lo largo de una senda que parecía gradualmente subir recomendó a su compañero que no abandonase por nada el sendero, sino que, al contrario, se mantuviese lo mejor que pudiese en el eje de él. Durward no pudo por menos de preguntar qué razones había para esta precaución.
-Estás cerca de la corte, joven -contestó su guía-, y, ¡Pasques-dieu!, hay alguna diferencia entre pasear por esta región o en sus montañas llenas de brezos. Cada yarda de este terreno, excepto el sendero que seguimos, es peligroso y casi impracticable por estar lleno de trampas y cepos, provistas de hojas de guadaña, que siegan las piernas del pasajero desprevenido en un abrir y cerrar de ojos, y abrojos de hierro que atraviesan los pies, y hoyas lo bastante profundas para quedar para siempre enterrado en ellas, pues ahora te encuentras dentro del recinto de la posesión real y pronto veremos el frente del castillo.
-Si fuese yo rey de Francia -dijo el joven-, no me tomaría la molestia de instalar trampas y cepos, y en su lugar trataría de gobernar tan bien que ningún hombre se atreviese a acercarse a mi morada con mala intención; y para los que llegasen hasta ella en paz y buena voluntad, cuantos más fuesen más contento me pondría.
Su compañero miró a su alrededor con mirada de zozobra y alarma, y dijo:
-¡Cállate, cállate, mozo de la bolsa de terciopelo! Pues me olvidé decirte que uno de los peligros de estos contornos es que las propias hojas de los árboles tienen oídos que llevan al propio gabinete del rey todo lo que se habla.
-Me importa eso poco -contestó Quintín Durward- Llevo una lengua escocesa en mi boca lo bastante atrevida para decirle lo que pienso al rey Luis en su cara; Dios le bendiga; y en cuanto a los oídos de que me habla, si logro ver que crecen en una cabeza humana los cercenaré de ella con mi cuchillo de monte.
Capítulo III
El castillo
Justo en el medio, se eleva un macizo edificio,
Con puertas enrejadas, que impiden el paso a todo invasor.
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