Quintín Durward (Walter Scott) - pág.40
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«He oído hablar de ladrones -pensó para su capote- y de astutos bribones y cortacuellos. ¿Qué de particular sería que ese individuo que se ha adelantado fuese un asesino y este viejo pillo su señuelo? Estaré prevenido; poco lograrán de mí, como no sea buenos puñetazos escoceses.»
Mientras así reflexionaba llegaron a una cañada, en la que aparecían más separados entre sí los grandes árboles del bosque y en la que el terreno, limpio de arbustos y de monte bajo, estaba revestido de una alfombra de verde suave y agradable que, protegido de los rayos ardientes del sol, resultaba aquí más tierno que el que generalmente se ve en Francia. Los árboles, en este sitio apartado, eran en su mayoría hayas y olmos de grandes dimensiones, que se elevaban en el aire como grandes colinas de hojas. Entre estos magníficos hijos de la tierra asomaba, en el sitio más despejado de la cañada, una capilla baja de techo, cerca de la cual murmuraba un riachuelo. Su arquitectura era del género más rudimentario y sencillo, y había un alojamiento muy pequeño junto a ella para albergue de un ermitaño, que permanecía allí para desempeñar el servicio del altar con regularidad. En un pequeño nicho, sobre el arco de la puerta de entrada, había una imagen de piedra de San Humberto, con el cuerno de caza colgado a su cuello y una traílla de galgos a sus pies. La situación de la capilla en medio de un parque o cazadero tan repleto de caza justificaba el que estuviese bajo la advocación del santo cazador (7).
Hacia esta capilla dirigió el anciano sus pasos, seguido por el joven Durward, y al aproximarse apareció el sacerdote revestido de los ornamentos sacerdotales que se disponía a marchar de su celda a la capilla para el desempeño, sin duda, de su sagrado oficio. Durward se inclinó reverentemente ante el sacerdote, como lo exigía el respeto debido a su sagrado ministerio, mientras su compañero, con apariencia de mayor devoción aún, se arrodilló, doblando una pierna, para recibir la bendición del sacerdote, y después le siguió a la capilla con paso y aire expresivos de contrición y humildad sincera.
El interior de la capilla estaba adornado en un estilo adaptado a la ocupación del santo mientras fué seglar. Las más ricas pieles de los animales que son objeto de cacería en los diferentes países suplían el sitio de tapices y colgaduras alrededor del altar, y otros emblemas de cacería rodeaban las paredes y alternaban con cabezas de ciervo, lobos y otros animales considerados como bestias de sport. El conjunto de la decoración tenía un carácter silvestre y apropiado, y la misma misa, considerablemente acortada, resultó de ese género que se llama misa de cacería, que se reza ante los nobles y poderosos, que mientras asisten a la solemnidad desean, impacientes, comenzar su sport favorito.
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