Quintín Durward (Walter Scott) - pág.39
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Desde que estoy en Francia y Flandes los hombres me han llamado, caprichosamente, el «mozo de la bolsa de terciopelo» a causa de esta bolsa para la caza con halcón que llevo a un costado; pero mi verdadero nombre, cuando estoy en mi país, es Quintín Durward.
-¡Durward! -dijo el que preguntaba-. ¿Es ése un apellido de caballero?
-Que se lleva en nuestra familia hace quince generaciones -dijo el joven-, y eso me retrae de seguir oficio distinto al de las armas.
-¡Eres un verdadero escocés! Con abundancia de sangre azul, plétora de orgullo y una gran carencia de escudos. Bien, compadre -dijo a su compañero-, adelántate y diles que tengan preparado algo de comer allá en la alameda de Mulberry, pues este joven le hará tantos honores como un ratón hambriento a un queso. Y en cuanto al bohemio, escucha con atención.
Su camarada contestó con una sonrisa triste, pero inteligente, y echó a andar a un buen paso, mientras el más anciano continuó, dirigiéndose al joven Durward:
-Tú y yo seguiremos mesuradamente hacia adelante y oiremos una misa en la capilla de San Humberto, en nuestro camino por el bosque, pues no es bueno pensar en nuestras necesidades corporales antes que en las espirituales.
Durward, como buen católico, no tuvo nada que objetar contra esta proposición, aunque probablemente hubiera deseado, en primer lugar, tener seca su ropa y reponer sus fuerzas. Pronto perdieron de vista a su compañero, aunque continuaron siguiendo la misma senda que él había tomado, que les condujo a un bosque de altos árboles, que alternaban con espesuras y matorrales, atravesado por largas avenidas, por las que se veían en lontananza a ciervos trotando en pequeños rebaños con una seguridad que indicaba su convencimiento de estar bien protegidos.
-¿Me preguntó usted si era un buen arquero? -dijo el joven escocés-. Deme un arco y un par de flechas y tendrá usted un venado en un momento.
-¡Pasques-dieu!, joven amigo -dijo su compañero-, ten cuidado con lo que dices; mi compadre tiene un ojo especial para los ciervos; están a su cuidado y sabe guardarlos bien.
-Más tiene aire de un carnicero que el de un alegre guardabosque -contestó Durward-. No puedo creer que ese camastrón pueda guardar nada a nadie que conozca las reglas por las que se rige la guardería.
-Mi joven amigo -contestó su compañero-, mi compadre tiene algo que no predispone al pronto a su favor; pero aquellos que le tratan nunca se quejan de él.
Quintín Durward encontró algo desagradable y particular en el tono con que esto fué dicho, y, mirando de repente a su interlocutor, pensó que había algo en su rostro, en la ligera sonrisa que fruncía su labio superior y en el guiño simultáneo de su ojo obscuro, que justificaba su sorpresa desagradable.
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