Quintín Durward (Walter Scott) - pág.38
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Hice volar al halcón que traje conmigo de Escocia, sólo con el fin de hacerme algo notorio, contra una garza cerca de Peronne, y el desvergonzado mató mi pájaro de un flechazo.
-¿Qué hiciste entonces? -preguntó el mercader.
-Apalearle -contestó el joven blandiendo su vara-, como todo hombre pundonoroso hubiera hecho en mi caso.
-¿Sabías -dijo el burgués- que de haber caído en manos del duque de Borgoña hubieras sido ahorcado?
-Me enteré que está tan dispuesto a disponer que funcione la horca como el rey de Francia. Pero como esto sucedió cerca de Peronne, traspasé de un salto la frontera y me burlé de él. Si no hubiera sido tan impulsivo, quizá le hubiera propuesto prestar servicio con él.
-Echará de menos a un paladín como tú si la tregua se quebranta -dijo el comerciante, lanzando una mirada a su compañero, que contestó con una de esas sonrisas forzadas que animaban su rostro como un meteoro que pasa e ilumina el cielo de invierno.
El joven escocés se detuvo de pronto, se echó la gorra sobre su ceja derecha en actitud de uno que no consiente que se burlen de él, y dijo con firmeza:
-Señores míos, y especialmente usted, señor, que por su edad debería ser el más prudente, supondrá que no puedo consentir ninguna burla a costa mía. No me gusta, desde luego, el tono de su conversación. Puedo aguantar una broma de cualquiera y una amonestación también de mis mayores, y dar las gracias si reconozco que es merecida; pero no me gusta ser traído al retortero como un chiquillo cuando, gracias a Dios, me siento con energías para entendérmelas con ambos si me provocan demasiado.
El mayor de los hombres pareció ahogarse de risa con esta actitud del joven; su compañero, en cambio, deslizó la mano a la empuñadura de su espada, lo que visto por el joven, le propinó un golpe en la muñeca que le incapacitó para cogerla, mientras el júbilo de su compañero aumentaba con este incidente.
-¡Basta, basta -gritó-, bravo escocés, aunque no sea más que por consideración a tu querido país! Y tú, compadre, abandona esa mirada amenazadora. ¡Pasques-dieu!, seamos sólo comerciantes y saldemos la mojadura con el golpe en la muñeca, que fué dado con tanta gracia y rapidez. Y mira, joven amigo -dijo al escocés, con mirada seria, que a pesar de la influencia de sus pocos años le calmó y sobrecogió-, no más violencia. No soy materia adecuada a ello, y mi compadre, como puedes ver, ya tiene bastante de ella. Dime tu nombre.
-Responderé con urbanidad a una pregunta hecha en debida forma -dijo el joven-, y guardaré a usted las consideraciones propias de su edad si no me busca las cosquillas con burlas.
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