Quintín Durward (Walter Scott) - pág.37
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Este individuo iba armado con una espada y una daga, y debajo de su traje sencillo observó el escocés que ocultaba un jazeran, o camisa flexible de cota de malla, la cual, usada ordinariamente por aquellos, aun de profesiones tranquilas, que precisaban en aquellos tiempos peligrosos estar con frecuencia de viaje, confirmó al joven en su conjetura que el que ahora la llevaba era carnicero, ganadero o algo por el estilo, que le obligaba a estar mucho fuera.
El joven extranjero comprendió con una sola mirada el resultado de la observación que a nosotros nos ha exigido algún tiempo exponer, y después de un momento de silencio respondió:
-Ignoro a quiénes tengo el honor de dirigirme -haciendo una reverencia al mismo tiempo-; pero no me es indiferente que se sepa que soy un joven escocés y que vengo a Francia a probar fortuna, o a cualquier otro país, según la costumbre de mis paisanos.
-¡Pasques-dieu!, bonita costumbre -dijo el mayor de los amigos-. Eres un joven simpático y en la edad conveniente para medrar entre los hombres o las mujeres. Soy mercader y necesito un muchacho para que me ayude en mi negocio. ¿Qué dices? Supongo que eres demasiado caballero para ayudarme en una faena tan vil.
-Señor -contestó el joven-, si su ofrecimiento es en serio, de lo que tengo mis dudas, sólo me queda darle las gracias por él; pero me temo que no sirva para auxiliarle.
-¡Es natural! -dijo el señor-. Apuesto a que sabes manejar mejor el arco y la flecha que manejar a un acreedor; que sabes coger mejor una espada que una pluma.
-Soy, señor -contestó el joven escocés-, un arquero. Pero a más de eso he estado en un convento, en donde los buenos padres me enseñaron a leer y a escribir y aun a contar.
-¡Pasques-dieu! Magnífico -dijo el comerciante-. ¡Por Nuestra Señora de Embrum, eres un prodigio!
-Contenga su alegría, buen señor -dijo el joven, que no estaba muy satisfecho de la jocosidad de su nuevo conocido-. Debo antes secarme que continuar aquí de pie, chorreando y contestando a preguntas.
El comerciante rió aún con más fuerza mientras aquél hablaba, y contestó:
-¡Pasques-dieu! Nunca falla el proverbio fier connue un ecossois; pero ven, joven, eres de un país que merece mi consideración, pues en un tiempo comercié en Escocia; son los escoceses gente honrada, y si quieres venir con nosotros a la población, te obsequiaré con una copa de vino y un almuerzo caliente, para compensarte de tu remojón. Pero, ¡tête-bleau!, ¿qué haces con un guante de cetrería en la mano? ¿No sabes que está prohibido la caza con halcón en una posesión real?
-Me enteré de ello -contestó el joven- por un infame guardabosque del duque de Borgoña.
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