Quintín Durward (Walter Scott) - pág.36
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-¿Por quién nos toma usted, joven rubio? -dijo el individuo mayor en respuesta a su proposición.
-Por burgueses legítimos, sin duda alguna -dijo el joven-, o quién sabe si usted, señor, es un chamarilero o un mercader de granos y este hombre un carnicero o un ganadero.
-Ha acertado nuestros oficios por casualidad -dijo el anciano sonriendo-. Mi oficio es, en verdad, comerciar con el dinero, y los menesteres de mi compadre tienen puntos de contacto con los de un carnicero. Intentaremos servirle en sus deseos; pero primero debo conocer quién es usted y adónde va, pues en estos tiempos que corren, los caminos están llenos de viajeros a pie y a caballo que tienen de todo en la cabeza menos honradez y temor de Dios.
El joven lanzó otra mirada intensa y penetrante al que había hablado y a su silencioso compañero, como dudoso si ellos por su parte merecían la confianza que pedían, y el resultado de su observación fué el que sigue:
El mayor y más digno de consideración de estos hombres, por su apariencia y traje, se asemejaba al mercader o tendero de la época. Su coleto sin mangas, calzones y capa eran de un color obscuro uniforme; pero tan raídos, que el astuto joven escocés se imaginó que el portador de esas prendas debía ser muy rico o muy pobre, probablemente esto último. El estilo del traje era cerrado y corto; género de vestimenta que no se tenía entonces por decoroso entre la nobleza o hasta en la clase superior de ciudadanos, los que generalmente gastaban vestiduras sueltas, que descendían más abajo de la mitad de la pierna.
La expresión del rostro de este hombre era en parte atractiva y en parte aborrecible. Sus facciones acentuadas, carrillos y ojos hundidos tenían, sin embargo, una expresión de astucia en consonancia con el carácter del joven aventurero. Pero al mismo tiempo, esos mismos ojos hundidos, bajo la cubierta de espesas cejas negras, tenían algo en ellos que era a la vez siniestro y dominante. Quizá fuese aumentado este efecto por la gorra de piel, muy aplastada en la frente, y que aumentaba la sombra, desde la que miraban esos ojos de soslayo; pero lo cierto es que el joven extranjero encontraba alguna dificultad en reconciliar sus miradas con la humildad de su apariencia en otros detalles. Su gorra, en particular, en la que todos los hombres de alguna valía ostentaban bien un broche de plata o de oro, estaba adornada con una imagen mezquina de la Virgen, de plomo, semejante a la que los peregrinos más pobres traen de Loreto.
Su camarada era un hombre fornido, de mediana edad y unos diez años más joven que su compañero, con un rostro despreciable y una sonrisa siniestra cuando, por casualidad, sonreía, lo que nunca sucedía, excepto para replicar a ciertos signos secretos que se cambiaban entre él y el hombre de más edad.
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