Quintín Durward (Walter Scott) - pág.35
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Efectivamente, el joven caminante nadaba con tanto vigor y salvaba los remolinos tan bien, que, no obstante la fuerza de la corriente, sólo resultó un poco desviado del sitio ordinario de tomar tierra.
En el ínterin, el más joven de los desconocidos se precipitaba a la orilla para prestarle auxilio, mientras el otro le seguía a un paso más mesurado, diciéndose a sí mismo mientras se aproximaba: «Sabía que el agua nunca podría ahogar a ese joven individuo. ¡Cáspita, ya está en tierra y empuña su vara! Si no me doy prisa pegará a mi compadre por la única acción caritativa que le vi realizar, o intentar realizar, en toda su vida.»
Había alguna razón para augurar que tal sería la conclusión de la aventura, pues el gallardo escocés había ya saludado al joven samaritano, que se apresuraba a socorrerle, con estas coléricas palabras:
-¡Perro grosero! ¿Por qué no contestaste cuando llamé para saber si el paso podía intentarse en buenas condiciones? Aunque me condene, te he de enseñar el respeto debido a los forasteros para otra ocasión.
Esto fué acompañado de ese significativo manejo de su vara que se llama le moulinet, porque el artista, cogiéndola por en medio, mueve los dos extremos en todas direcciones, como las aspas de un molino de viento en movimiento. Su contrario, viéndose así amenazado, echó mano a su espada, porque era uno de esos que en todas las ocasiones están más dispuestos para la acción que para el discurso; pero su compañero, más considerado, que acababa de llegar, le mandó que se contuviese, y volviéndose al joven viajero, le acusó de precipitación por sumergirse en el vado crecido y de violencia inmoderada por regañar con un hombre que se precipitaba en su auxilio.
El joven, al verse reprendido de este modo por un hombre de edad avanzada y de apariencia respetable, bajó en el acto su arma y dijo que sentía el haber sido injusto; pero que, en realidad, le había parecido como si hubiesen consentido que su vida corriese peligro al no avisarle a tiempo, y esa acción no era digna de hombres honrados ni de buenos cristianos, y mucho menos de respetables burgueses, como parecían serlo.
-Joven rubio -dijo la persona de más edad-, parece usted, por su acento y tipo, un extranjero, y debería recordar que su dialecto no es fácilmente comprendido por nosotros, como quizá lo es para usted el pronunciarlo.
-Bien -contestó el joven-; no le doy gran importancia al zambullido que me he dado, y le perdonaré desde luego el haber tenido en parte la culpa, siempre que me encamine a algún sitio en que puedan secarse mis ropas, pues es mi único traje y deseo conservarlo decente.
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