Quintín Durward (Walter Scott) - pág.34
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El caminante peregrino, o el fraile mendicante contestaban a su respetuoso saludo con una bendición paternal; y la joven campesina de ojos obscuros lo seguía con la vista un buen rato después de cruzarse y cambiar entre sí una salutación y una sonrisa. En una palabra, había una atracción en su porte que no dejaba de llamar la atención, y que provenía de la mezcla de franqueza intrépida y buen humor, con miradas alegres, y una cara y un cuerpo hermosos. Parecía también como si toda su manera de ser fuese el de uno que entra en la vida sin aprensión de los peligros de los que está llena y con pocos medios para luchar contra sus adversidades, excepto un espíritu despierto y un temperamento valeroso; y es con esos caracteres con los que más fácilmente simpatiza la juventud y por los que principalmente la edad y la experiencia sienten un interés apasionado y compasivo.
El joven que hemos descrito hacía tiempo que era visible para las dos personas que pasaban el tiempo en el lado opuesto del riachuelo que le separaba del parque y del castillo; pero al verle descender la escabrosa orilla que conducía al borde del agua con la soltura de un corzo que acude a la fuente, el más joven de los dos dijo al otro:
-¡Es nuestro hombre, es el bohemio! Si intenta cruzar el vado es hombre perdido; hay mucha agua y el vado es impracticable.
-Déjale que haga el descubrimiento por sí solo -dijo el personaje de más edad-; quizá salve el obstáculo.
-Le conozco por la gorra azul -dijo el otro-, pues no distingo su cara. ¡Mire, señor! Nos grita para averiguar si el agua es profunda.
-Nada vale lo que la experiencia en este mundo -contestó el otro-; déjale probar.
Mientras tanto, el joven viajero, no recibiendo ninguna indicación en contrario e interpretando el silencio de aquellos a quienes se dirigía como un estímulo para proseguir, penetró en la corriente sin más dilación que la indispensable para quitarse sus borceguíes. La persona de más edad le gritó en ese momento que tuviese cuidado, diciendo en tono más bajo a su compañero:
-Mortdieu, compadre, te has equivocado de nuevo; éste no es el charlatán bohemio.
Pero la indicación al joven llegó demasiado tarde. O no la oyó o no pudo aprovecharse de ella, encontrándose ya en la corriente profunda. Para uno menos ducho en el ejercicio de natación la muerte hubiera sido segura, pues el arroyo era a un tiempo impetuoso y profundo.
-¡Por Santa Ana! Es un joven de una vez -dijo el de más edad-. Corre y sácale, si puedes, de su error, ayudándole. Pertenece a los tuyos; si el viejo refrán dice verdad, el agua no podrá ahogarle.
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