Quintín Durward (Walter Scott) - pág.33
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En la orilla del mencionado arroyo, opuesta a la que se acercaba el viajero, dos hombres, que sostenían animada conversación, parecían, de vez en cuando, vigilar sus movimientos, ya que por su situación, mucho más elevada, podían verle a considerable distancia.
La edad del joven viajero oscilaría entre los diecinueve y veinte años, y su cara y su persona, que no eran vulgares, indicaban que no pertenecía al país en que ahora estaba. Su corta capa gris y calzones eran más bien de estilo flamenco que francés, mientras la elegante gorra azul, con una sola ramita de acebo y una pluma de águila, denunciaban el cubrecabezas escocés. Su traje estaba muy limpio y arreglado con la precisión de un joven consciente de poseer una figura fina. Llevaba a la espalda un morral que parecía contener algunos objetos indispensables, una manopla de cetrería en su mano izquierda, aunque no llevaba pájaro alguno, y en su mano derecha una buena vara de cazador. Sobre su hombro izquierdo colgaba una banda bordada que sostenía una bolsita de terciopelo escarlata, como las que entonces usaban los cazadores de aves distinguidos para llevar el alimento de su halcón, y otras cosas pertenecientes a ese sport tan admirado. Esta banda estaba cruzada por un tahalí, del que pendía un cuchillo de caza. En vez de las botas de la época llevaba borceguíes de piel de ciervo a medio curtir.
Aunque su cuerpo aún no había adquirido su pleno desarrollo, era alto y activo, y la ligereza de su paso demostraba que la forma pedestre de viajar era más bien un placer para él que una mortificación. Era rubio, a pesar de su cutis ligeramente ennegrecido por el sol extranjero, o quizá por la constante exposición al aire en su propio país.
Sus facciones, sin ser enteramente perfectas, eran francas, abiertas y agradables. Una media sonrisa, que parecía provenir de una feliz exuberancia de vida, mostraba, a intervalos, sus dientes bien colocados y tan blancos como el marfil, mientras sus brillantes ojos azules, con alegría manifiesta, tenían una mirada apropiada para cada objeto que encontraban, expresando buen humor, corazón animoso y firme resolución.
Recibía y devolvía los saludos de los pocos viajeros que frecuentaban los caminos en esos peligrosos tiempos en que cada cual hacía lo que le convenía. El vagabundo lancero, medio soldado, medio bandido, medía al joven con la vista, como queriendo apreciar si la perspectiva de botín merecería la pena de encontrar una resistencia desesperada, y leía tan claras indicaciones de esta última en la mirada sin miedo del viajero, que trocaba su propósito rufián por un áspero «Buenos días, camarada», que el joven escocés contestaba con un tono tan marcial, aunque menos desabrido.
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