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Quintín Durward (Walter Scott) - pág.32

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No era sólo las riquezas de las provincias de Borgoña, la disciplina de sus habitantes belicosos y la masa de la densa población lo que el rey temía, pues las cualidades personales de su caudillo tenían mucho en sí de peligrosas. Carlos el Temerario, encarnación de la bravura, que llegaba a los límites de la temeridad, y por añadidura pródigo en sus gastos, espléndido en su corte, su persona y su séquito, en los que desplegaba la magnificencia hereditaria de la casa de Borgoña, enroló en su servicio a todos los espíritus fogosos de su época cuyos temperamentos congeniaban con el suyo; y Luis vió demasiado claro lo que podía intentarse y realizarse con semejante conjunto de aventureros decididos siguiendo a un caudillo de carácter tan ingobernable como el suyo.
     Había aún otra circunstancia que aumentaba la animosidad de Luis hacia su poderoso vasallo: le debía favores que nunca pensó en devolverle, y se veía frecuentemente en la necesidad de contemporizar con él y aun de soportar arrebatos de insolencia descarada, injuriosos para la dignidad real, sin ser capaz de tratarle de otro modo que como su «buen primo de Borgoña».
     Era por el año 1468, cuando sus contiendas estaban en su apogeo, a pesar de que una tregua dudosa y sin consistencia, como a menudo ocurría, había sido establecida entre ellos, cuando comienza la presente historia. Se juzgará quizá que la persona que entra la primera en escena resulta de un rango y condición para el que no precisa una disertación como ésta sobre la posición relativa de los dos grandes príncipes; pero las pasiones de los grandes, sus luchas y sus reconciliaciones comprometen el sino de todos los que se les acercan; y se verá, al proseguir nuestra historia, que es necesario este capítulo preliminar para comprender la historia del individuo cuyas aventuras vamos a relatar.





Capítulo II
El caminante


                                                                                           
   El mundo es mi ostra, que abro con

la espada.

                                        Ancient Pistol.


     En una deliciosa mañana de verano, y antes de que el sol recobrase su poder de abrasar, y mientras las gotas de rocío refrescaban y perfumaban el ambiente, un joven que procedía del Nordeste se aproximaba al vado de un pequeño río, o más bien arroyo grande, tributario del Cher, cerca del castillo real de Plessis-les-Tours, cuyas murallas obscuras y almenadas destacaban en el fondo del paisaje del extenso bosque que las rodeaba. Este arbolado constituía un parque real o terreno de caza, cercado por una tapia, denominada en el latín de la Edad Media Plexitium, que da el nombre de Plessis a tantas aldeas de Francia. El castillo y la aldea a los que ahora nos referimos se llamaban Plessis-les-Tours para distinguirlo de otros, y estaba construído a unas dos millas al sudoeste de la bella población de ese nombre, la capital de la antigua Turena, cuyo rico llano había sido denominado el Jardín de Francia.


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