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Quintín Durward (Walter Scott) - pág.31

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Pero un peligro peor era el aumento de poderío del duque de Borgoña, por entonces uno de los más grandes príncipes de Europa, y cuyo rango resultaba disminuído un poco por la dependencia -muy aligerada desde luego- de su ducado de la corona de Francia.
     Carlos, denominado el Temerario, o más bien el Audaz, pues su valor iba acompañado de audacia y coraje, ostentaba la corona ducal de Borgoña, que anhelaba convertir en una corona real independiente. El carácter del duque era en todos sentidos completamente opuesto al de Luis XI.
     Este último era calmoso, aficionado a deliberar y astuto, sin proseguir nunca una empresa desesperada ni abandonar jamás alguna que pudiera resultar, por muy alejado que estuviese el éxito. El genio del duque era enteramente contrario. Se precipitaba en el peligro porque le gustaba, y en las dificultades porque las despreciaba. Así como Luis nunca sacrificaba su interés a su pasión, Carlos, por el contrario, nunca sacrificaba su pasión, ni aun su capricho, a consideración alguna. A pesar del parentesco cercano que existía entre ambos y la ayuda que el duque y su padre habían proporcionado a Luis en su destierro cuando era delfín, sólo había entre ellos odio y mutuo desprecio. El duque de Borgoña despreciaba la política cautelosa del rey, y atribuía a falta de valor el que buscase con ligas, compras y otros medios indirectos, aquellas ventajas que, en su lugar, el duque hubiera arrebatado con la espada en la mano. Asimismo odiaba al rey no sólo por la ingratitud con que había correspondido a su anterior amabilidad y por injurias personales y acusaciones que los embajadores de Luis le habían hecho cuando aun vivía su padre, sino también, y muy especialmente, por la ayuda que en secreto había proporcionado a los ciudadanos descontentos de Gante, Lieja y otras grandes poblaciones de Flandes. Estas ciudades turbulentas, celosas de sus privilegios y orgullosas de sus riquezas, estaban en estado frecuente de insurrección contra sus señores soberanos los duques de Borgoña, y nunca dejaban de encontrar apoyo secreto en la corte de Luis, que aprovechaba toda oportunidad de fomentar disturbios dentro de los dominios de su vasallo, demasiado crecido.
     El desprecio y el odio del duque eran correspondidos por Luis con igual energía, aunque usaba un velo más espeso para ocultar sus sentimientos. Era imposible para un hombre de su profunda sagacidad el no despreciar la obstinación contumaz que nunca cejaba en su propósito, por muy fatal que esa perseverancia pudiera resultar a la postre, y la impetuosidad temeraria que desarrollaba, sin parar mientes en los obstáculos que pudieran encontrarse. Con todo, el rey odiaba más a Carlos que lo despreciaba, y su odio y desdén eran más intensos porque se mezclaban con miedo, pues sabía que la arremetida del toro furioso, con quien comparaba al duque de Borgoña, debía de ser formidable, aunque el animal embistiese con los ojos cerrados.


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