Quintín Durward (Walter Scott) - pág.30
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Antes de ocupar éste, había dado más pruebas Luis de sus vicios que de sus talentos. Su primera mujer, Margarita de Escocia, fué la comidilla de la gente murmuradora, y esto ocurría en la corte de su marido, donde, si no hubiera sido por el consentimiento de éste, ni una palabra se hubiera dicho en contra de esa amable e inspirada princesa. Había sido un hijo ingrato y rebelde, conspirando en una ocasión para apoderarse de la persona de su padre, y en otra, declarándole guerra franca. Por la primera ofensa fué desterrado a su infantazgo del Delfinado, donde gobernó con mucha sagacidad; por la segunda, fué condenado a destierro absoluto y forzado a entregarse a la merced, y casi a la caridad, del duque de Borgoña y su hijo, donde gozó de hospitalidad -después pagada con indiferencia- hasta la muerte de su padre en 1461.
Al comienzo de su reinado fué Luis casi dominado por una liga formada contra él por grandes vasallos de Francia, con el duque de Borgoña, o más bien su hijo, el conde de Charalois, a la cabeza.
Levantaron un poderoso ejército, bloquearon París, dieron una batalla de resultado dudoso bajo sus murallas y colocaron la Monarquía francesa en peligro de desaparecer. Generalmente ocurre en esos casos que el más sagaz de los dos generales saca el mejor provecho de la contienda, aunque quizá no gane renombre militar. Luis, que había demostrado un gran valor personal durante la batalla de Montl´héry, fué capaz, con su prudencia, de aprovecharse del carácter dudoso del combate como si hubiese sido una victoria por su parte. Contemporizó hasta que el enemigo deshizo la coalición, y demostró tal destreza en sembrar rivalidades entre aquellos grandes poderes, que su alianza «por el bien público», como ellos la llamaban, pero en realidad para la ruina de todo menos de la apariencia externa de la Monarquía francesa, se disolvió por sí sola, y nunca jamás se rehizo de una manera tan formidable. A partir de entonces, Luis, libre de todo peligro del lado de Inglaterra, con sus guerras civiles de York y Láncaster, se dedicó durante varios años, como médico cruel pero hábil, a curar las heridas del cuerpo político, o más bien a detener, ya con remedios suaves, ya a sangre y fuego, el progreso de esas gangrenas mortales, de las que estaba infectado; y a fuerza de atención constante, aumentó gradualmente su autoridad real o disminuyó la de aquellos que le hacían sombra.
Sin embargo, el rey de Francia estaba cercado por la duda y el peligro. Los miembros de la liga «por el bien público», aunque no muy unidos, existían, y como una culebra cortada, podían reunirse y ser peligrosos de nuevo.
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