Quintín Durward (Walter Scott) - pág.28
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En este período, y como para salvar su bello reino de los diversos enemigos que le amenazaban, ascendió al trono vacilante Luis XI, cuyo carácter depravado, como era de por sí, hizo frente, combatió, y en gran parte neutralizó, los males de la época: como los venenos de efectos contrarios, según dicen los libros antiguos de medicina, tienen la facultad de neutralizarse mutuamente.
Bastante valiente para todo fin útil y político, no tenía Luis un adarme de valor romántico, ni del orgullo generalmente asociado a éste, que lucha por puntillo de honor cuando se ha logrado con creces utilidad. Calmoso, astuto y profundamente atento a su propio interés, hacía todo sacrificio, tanto de orgullo como de pasión, que pudiese perjudicar a éste. Cuidaba mucho de disfrazar sus sentimientos y propósitos verdaderos con todo el que se aproximaba, y empleaba frecuentemente las expresiones «que no era rey que supiese reinar aquel que no sabía disimular; y que en cuanto a él, pensaba que si su capote conociese sus secretos, lo echaría al fuego». Nadie como él en su tiempo, ni en tiempo alguno, supo aprovecharse mejor de las flaquezas de los demás, ni le igualó en evitar dar ninguna ventaja con una condescendencia inesperada suya.
Era por naturaleza cruel y vengativo, hasta el extremo de encontrar placer en las frecuentes ejecuciones que ordenaba. Pero así como ningún sentimiento de misericordia le inducía a perdonar, cuando podía impunemente condenar, tampoco ningún sentimiento de venganza le estimuló a una venganza prematura. Rara vez saltaba sobre su presa hasta que estaba bien dentro de su alcance y hasta que era ilusoria toda esperanza de rescate; y sus movimientos estaban tan mañosamente disimulados, que su triunfo era lo que generalmente anunciaba primero a la gente el fin que con sus maniobras había estado persiguiendo.
De análoga manera, la avaricia de Luis se transformaba en prodigalidad excesiva cuando era necesario sobornar al favorito o al ministro de un príncipe rival para frustrar un ataque inminente o deshacer cualquier alianza combinada contra él. Era aficionado al placer y al libertinaje, pero ni las mujeres ni la caza, aunque eran ambas pasiones dominantes en él, le apartaban nunca de prestar atención metódica a los asuntos públicos y a los negocios del reino. Su conocimiento de las personas era profundo, y lo había alcanzado en sus andanzas privadas por la vida social, en la que a menudo se mezclaba personalmente, y aunque orgulloso y altanero por naturaleza, no dudaba, despreciando las divisiones arbitrarias de la sociedad que ya se consideraba como algo muy poco natural, en elevar de las categorías más inferiores a hombres que empleaba en los deberes de mayor importancia, y sabía tan bien escogerlos, que rara vez se engañaba respecto a sus cualidades.
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