Quintín Durward (Walter Scott) - pág.25
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Mientras hablaba, apartaba algunos de los tapices mencionados, y entramos en la habitación a la que se refería. Era octógona, correspondiendo a la forma externa de la torre cuyo interior ocupaba. Cuatro de los lados tenían ventanas de celosía, desde las que se disfrutaban las más hermosas perspectivas sobre el majestuoso Loira y la comarca colindante; y los marcos estaban rellenos de cristales de colores, y a través de dos de ellos, en que se reflejaba el resplandor del sol poniente, aparecía un conjunto brillante de emblemas religiosos y escudos de armas, que era imposible mirar sin deslumbrarse; pero las otras dos ventanas, de las que se habían retirado los rayos solares, podían examinarse atentamente y se veía que las celosías estaban cubiertas con cristales coloreados, que no pertenecieron a ellas desde un principio, sino, como luego me enteré, a la profanada capilla del castillo. Durante varios meses el marqués se había entretenido en realizar este rifacciamento con la ayuda del cura y del indispensable La Jeunesse, y aunque se habían limitado a ensamblar fragmentos, que en muchos sitios eran minúsculos, resultaba el conjunto de un efecto muy agradable cuando se lo miraba con atención y con el espíritu de un amante de las cosas viejas.
Los lados de la habitación no ocupados por las celosías estaban, excepto el espacio para la pequeña puerta, provistos de armarios y estantes, algunos de nogal, curiosamente esculpidos, y que con el tiempo habían tomado un color obscuro que se asemejaba al del castaño, y otros, de madera corriente, colocados para suplir y reparar las deficiencias ocasionadas por la violencia y la devastación. En estos estantes estaban depositados los restos, o más bien las preciosas reliquias, de la más espléndida librería.
El padre del marqués había sido un hombre instruido, y su abuelo fué famoso, aun en la corte de Luis XIV, en la que la literatura corría las alternativas de la moda por la extensión de sus conocimientos. Estos dos propietarios, de grandes fortunas y acostumbrados a satisfacer sus caprichos, hicieron tales adiciones a una curiosa y antigua biblioteca gótica que provenía de sus antepasados, que había pocas colecciones en Francia que pudieran compararse con la de Hautlieu. Había sido del todo desparramada a consecuencia de un malhadado intento del presente marqués en 1790 para defender su castillo contra una muchedumbre amotinada. Afortunadamente, el cura, que por su conducta moderada y caritativa y sus virtudes evangélicas poseía gran ascendiente entre los campesinos de los alrededores, consiguió comprar a muchos de ellos, por la reducida cantidad de unos pocos sous, y a veces al ínfimo precio de una copa de aguardiente, volúmenes que habían costado mucho dinero, pero que habían sido arrebatados, sólo por el afán de hacer daño, por los rufianes que habían saqueado el castillo.
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