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Quintín Durward (Walter Scott) - pág.24

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     -Pero usted sabe además, señor marqués -continuó el cura-, que el doctor Dibdin estaba tan indignado con la dilapidación que había sufrido su biblioteca, que abiertamente envidió los poderes de nuestra Iglesia con sus facultades para lanzar anatema contra los promotores del daño, y que hubiera él lanzado de muy buena gana.
     -Su resentimiento estuvo en proporción con su desengaño, supongo -dijo nuestro anfitrión.
     -En modo alguno -dijo el cura-; pues estaba tan entusiasmado con el valor de lo que quedaba, que estoy convencido que únicamente su ruego insistente en contra fué la causa de que el château de Hautlieu no llenase por lo menos veinte páginas en esa espléndida obra, de la que nos envió un ejemplar, y que será un monumento perdurable de su celo y erudición.
     -El doctor Dibdin es muy amable -dijo el marqués-, y cuando hayamos tomado nuestro café (aquí llega) iremos a la torrecilla; y espero que ya que el señor no ha despreciado mi pobre comida, perdonará el estado de mi revuelta librería, y yo seré muy feliz si puedo proporcionarle algo que le sirva de entretenimiento. En realidad -añadió-, usted, mi querido padre, es el que tiene todos los derechos sobre libros que, sin su intervención, nunca hubieran vuelto a su propietario.
     Aunque este acto adicional de cortesía fué con toda evidencia motivado por la inoportunidad del cura y dicho por el marqués a la forzosa, ya que su deseo de ocultar lo desmantelado del lugar y la extensión de sus pérdidas parecía siempre luchar con su tendencia a mostrarse cortés, no pude menos de aceptar su ofrecimiento, que, en estricta cortesía, debía quizá haber rehusado. Pero tratándose de los restos de una colección tan interesante que había inspirado a nuestro amigo el bibliófilo el deseo de hacer un escalo al ver frustradas sus esperanzas, hubiera sido una insensatez el haber declinado la oportunidad de verla. La Jeunesse trajo café, tal como nosotros sólo lo tomamos en el Continente, sobre una bandeja do plata, cubierto con una servilleta, y chasse-caffé de la Martinica en otra.
     Concluída nuestra comida, el marqués nos condujo por un escalier derobé a un salón muy grande y bien de proporciones, de cerca de cien pies de longitud, pero tan destrozado que mantuve la vista fija en el suelo por temor de que mi amable acompañante se considerase obligado a excusarse por cuadros rotos y tapices desgarrados, y lo que era peor, por marcos de ventana que en uno o dos casos habían sido víctimas del cruel embite.
     -Hemos intentado hacer más habitable la torrecilla -dijo el marqués, mientras avanzaba rápido por el cuarto de la desolación-. Esto fué la galería de pinturas en tiempos pretéritos, y en el boudoir de más allá, que ahora dedicarnos a depósito de libros, había guardados algunos cuadros curiosos, cuyo pequeño tamaño exigía que se les contemplase de cerca.


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