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Quintín Durward (Walter Scott) - pág.23

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Correspondió a mi frase con una inclinación de cabeza y dijo que, o yo disentía mucho del gusto nacional, o las referencias que él tenía de éste eran muy exageradas. Le satisfacía mucho poderme dar pruebas de lo que rendían las posesiones que aún le quedaban. «Lo útil -dijo- ha sobrevivido a lo suntuoso en Hautlieu como en otras partes. Grutas, estatuas, invernaderos de plantas exóticas, el templo y la torre se han venido abajo; pero la viña, el potager, los árboles frutales, el etang aun subsisten»; y, una vez más, mostró su satisfacción y su alegría por ver que con los productos combinados de sus tierras podía presentarse una comida que resultaba tolerable para un bretón. «Sólo espero -continuó- que me convenza de la sinceridad de sus cumplidos, aceptando la hospitalidad del château de Hautlieu tan a menudo como otros compromisos mejores lo permitan, durante su estancia en esta región.»
     Prometí, desde luego, aceptar una invitación ofrecida con tanta gracia que hacía aparecer al invitado como la persona que honraba al marqués.
     La conversación derivó entonces a la historia del castillo y sus alrededores, asunto en el que pisaba terreno firme el marqués, aunque no era muy aficionado al conocimiento de las cosas antiguas, ni aun historiador profundo, cuando se discutían otros temas. El cura, sin embargo, resultó ser perito en ambos asuntos, y además, hombre agradable y conversador, con aire de prevenance, y muy comunicativo, detalle éste característico de los clérigos católicos según he podido comprobar. Por él me enteré que aún existían los restos de una escogida biblioteca en el château de Hautlieu. El marqués se encogió de hombros mientras el cura me hacía esta indicación, miraba de un lado a otro y demostraba la misma clase de desasosiego que no había podido refrenar cuando La Jeunesse intervino para aclarar su intervención en los menesteres de la cuisine.
     -Me gustaría poder enseñar los libros -dijo-; pero están tan desordenados y tan estropeados, que me avergüenza enseñárselos a nadie.
     -Perdóneme, querido señor -dijo el cura-; usted sabe que permitió al gran bibliófilo inglés doctor Dibdin consultar sus curiosas reliquias y sabe lo muy bien que habló de ellas.
     -¿Qué podía hacer, mi querido amigo? -dijo el marqués- El buen doctor había escuchado algún informe exagerado de los restos de lo que en otra época fué una biblioteca; él mismo se instaló en el auberge de ahí abajo decidido a realizar su propósito o a morir bajo las paredes. Aun oí decir que midió la altura de la torrecilla para proveerse de escaleras de mano. ¿No hubiera usted querido que fuese yo la causa de tal acto de desesperación por parte de un sacerdote, aunque perteneciendo a otra Iglesia? No podía, en conciencia, consentirlo.


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