Quintín Durward (Walter Scott) - pág.22
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Gozando con las alabanzas que no dejé de otorgar a esta chef-d´oeuvre, confesó el buen hombre que casi le había llevado dos días el llevarlo a tal punto de perfección, y añadió, honrando al que debía, que idea tan brillante no era del todo suya, ya que el propio señor se había tomado la molestia de hacerle algunas indicaciones valiosas y aun había condescendido en ejecutar algunas de las figuras más importantes. El marqués se ruborizó un poco con esta eclaircissement, que probablemente hubiera deseado ver suprimida; pero reconoció que había deseado sorprenderme con una escena de un poema popular de mi país, Miladi Lac. Le contesté que un cortège tan espléndido se parecía mucho más a una gran chasse de Luis XIV que al de un pobre rey de Escocia, y que el paysage era más bien el de Fontainebleau que el de los yermos de Callauder. Se inclinó graciosamente en respuesta a este cumplido, y confesó que el recuerdo de los trajes de la antigua corte francesa, en época de su esplendor, podía haber alucinado su imaginación, y con esto la conversación pasó a otros temas.
El postre fué delicioso: el queso, las frutas, la ensalada, las aceitunas, los cerneaux y el exquisito vino blanco, cada uno en su estilo, eran impayables, y el buen marqués, con aire de gran satisfacción, observó que su huésped rendía sincero homenaje a sus méritos. «Después de todo -dijo-, y aunque sea confesar una tonta debilidad, sólo placer me produce el verme capacitado para ofrecer a un forastero una clase de hospitalidad que parece agradarle. Créame, no es sólo por orgullo por lo que nosotros, pauvres revenants, vivimos tan retirados y evitamos los deberes de la hospitalidad. Es verdad que muchos de nosotros recorren los halls de nuestros padres más bien como fantasmas de sus difuntos propietarios que como hombres vivos vueltos a instalar en sus posesiones; es, sin embargo, más bien por culpa vuestra que no de nuestra manera de pensar por lo que no cultivamos la sociedad de nuestros visitantes extranjeros. Tenemos la idea que vuestra opulenta nación gusta particularmente del faste y de vivir a lo grand chère, y los medios de vida a nuestro alcance son tan limitados, en la mayoría de los casos, que nos sentimos del todo excluídos de tanto gasto y ostentación. Nadie gusta ofrecer lo mejor que tiene cuando tiene fundamento para pensar que no ha de agradar; y como ustedes acostumbran a publicar en los periódicos notas de sociedad, monsieur le Marquis no se vería probablemente recompensado con ver la modesta comida que pudo ofrecer a milord Anglois registrada en letras de molde.»
Interrumpí al marqués para decirle que, en el caso de querer yo ver publicada una referencia del agasajo, sería con el único objeto de conservar el recuerdo de la mejor comida que había disfrutado en mi vida.
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