Quintín Durward (Walter Scott) - pág.20
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Los factionnaires, con sus arcabuces, situados en las extremidades del largo y nivelado paseo, anuncian la presencia del príncipe feudal, así como la guardia de honor que le precede y le sigue, con las alabardas erectas, porte firme y marcial, como ante el enemigo, y que se mueve al unísono con su superior jerárquico, educando sus pasos para acompañarle, deteniéndose cuando él se detiene, acomodando sus pasos a las pequeñas irregularidades de pausa y avance dictadas por las fluctuaciones de sus fantasías, y caminando, con precisión militar, delante y detrás de él, que semeja el centro y principio animado de sus filas armadas, como el corazón que da vida y energía al cuerpo humano. O si sonríe usted -añadió el marqués, mirando con duda a mi rostro- con un paseo tan poco en consonancia con la libertad frívola de las costumbres modernas, ¿podría usted imaginarse demolida esa otra terraza hoyada por la fascinadora marquesa de Sevigné, a la que están ligados tantos recuerdos referentes a pasajes en sus encantadoras cartas?»
Un poco cansado con esta disquisición, en la que el marqués insistía para exaltar las bellezas naturales de su propia terraza, que, derruida como estaba, no requería tanta recomendación, informé a mi compañero que acababa de recibir de Inglaterra un diario de viaje hecho por el sur de Francia por un joven amigo mío, poeta, dibujante y estudiante, en el que da una descripción tan interesante y tan a lo vivo del Cháteau Grignan, mansión de la hija adorada de madame de Sevigné, y a menudo lugar habitado por ella misma, que nadie que lea el libro y que se encuentre en la región del castillo dejará de ir en peregrinación al lugar. El marqués sonrió muy complacido, y preguntó el título de la obra en cuestión, y escribiendo a mi dictado Un itinerario en Provenza y el Ródano, hecho en el año de 1819 por Juan Hughes, A. U., de Oriel College, Oxford, hizo la observación que ahora no podía adquirir libros para su castillo, pero que recomendaría que el Itinerario fuese encargado en la librería a la que estaba abonné, en la población próxima. «Y aquí -dijo- viene el cura para ahorrarnos nuevas disquisiciones, y veo a La Jeunesse en torno al viejo pórtico de la terraza, con la intención de tocar la campana llamándonos a comer; ceremonia de las más innecesarias para reunir a tres personas, pero que sería motivo de desazón para el viejo hombre si la tuviese que abandonar. No se fije en él ahora, ya que le gusta desempeñar de incógnito los deberes de los departamentos inferiores; cuando la campana haya cesado de sonar, aparecerá ante nosotros en su papel de mayordomo.»
Mientras el marqués hablaba, había avanzado hacia la extremidad oriental del castillo, que era la única parte del edificio que aún permanecía habitable.
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