Quintín Durward (Walter Scott) - pág.19
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Además, ya había tenido bastante con nuestra anterior disputa, estando convencido desde hacía tiempo (aunque no hasta transcurridos diez años después de que dejó el colegio de Edimburgo) que lo principal en la conversación no consiste en exhibir el superior conocimiento de uno en asuntos sin importancia, sino en incrementar, mejorar y corregir la información que uno posee por la autoridad de los otros. Por eso dejé al marqués en su error y fui recompensado con una erudita disquisición sobre el estilo florido de arquitectura introducido en Francia durante el siglo XVII. Señaló sus méritos y sus defectos con gran acierto, y habiendo tocado asuntos similares a los que antes fueron motivo para mí de reflexiones, hizo un llamamiento a favor de ellos de género diferente fundado en los recuerdos que despertaban. «¿Quién -dijo- destruiría voluntariamente las terrazas del castillo de Sully, ya que no se las puede pisar sin recordar la imagen de ese hombre de Estado, que se distinguió a la vez por una integridad severa y por una sagacidad de espíritu firme e infalible? En el caso de alterar sus contornos, su disposición, ¿podríamos aún imaginárnoslas el escenario de sus reflexiones patrióticas? ¿Sería escenario adecuado una casa vulgar para el duque, sentado en un sillón y la duquesa en un tabouret, dando allí lecciones de valor y fidelidad a sus hijos, de modestia y sumisión a sus hijas, de rígida moralidad a ambos, mientras el círculo de los jóvenes nobles escuchaba con oídos atentos y los ojos fijos con modestia en el suelo, de pie, sin replicar ni sentarse sin el mandato expreso de su príncipe y padre? No, señor -dijo con entusiasmo-; destruid el pabellón principesco en que tenía lugar esta edificante escena familiar y se quita de la imaginación la verosimilitud, la veracidad de toda la escena. ¿O puede su imaginación suponer a este distinguido par y patriota paseando en un jardin anglois? En ese caso, también cabría figurárselo vestido con una levita azul y un chaleco blanco en vez de su casaca a lo Enrique IV y su chapeau à plumes. Considere cómo se hubiera desplazado en el laberinto tortuoso de lo que usted ha llamado ferme ornée, con sus dos filas habituales de guardas suizos precediéndole y el mismo número siguiéndole. Al recordar su cara con su barba, sus haut-de-chausses à canon, unidas a su justillo con innumerables aiguilettes y nudos de cinta, no podría usted, suponiéndole en un jardin anglois moderno, distinguirle de algún viejo loco que ha tenido la humorada de vestirse como su tatarabuelo y a quien un destacamento de gens d´armes conduce al Hôpital des Fous. Pero contemple la extensa y magnífica terraza, si aun existe, por la que el exaltado y leal Sully acostumbraba a pasear, solitario, dos veces al día, mientras reflexionaba en los planes patrióticos que acariciaba para aumentar la gloria de Francia, o, en un período posterior y más triste de su vida, meditaba en su señor asesinado y en el sino de su alocado país; coloque ese noble fondo de arcadas, vasos, imágenes, urnas y de todo lo que pueda expresar la vecindad del palacio ducal, y el paisaje se hace idóneo de nuevo.
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