Quintín Durward (Walter Scott) - pág.17
Indice General
|
Volver
Página 17 de 397
«Las leemos -dijo- lo mismo que escuchamos los chistes de un comediante o como nuestros antepasados prestaban oídos a los de un bufón profesional, divirtiéndonos mucho, lo que no obsta para que sintiéramos que esa diversión nos la proporcionase uno que tuviese título preferente para figurar en nuestra sociedad.»
Con esta declaración recuperé por completo mi prudencia habitual, y temí tanto descubrirme que ni intenté explicar a mi aristocrático amigo que el caballero que había citado debía su prosperidad, por lo que había oído, a cierta obra suya, que podía compararse sin menoscabo a ciertos romances en rima.
La verdad era que, entre otros prejuicios injustos, que ya he citado, el marqués había contraído horror, mezclado con desprecio, por casi todas las variedades de autores, comparable al de aquel que compone un volumen en folio sobre leyes o teología y contempla al autor de un romance, novela, poema o pieza de crítica, como se mira a un reptil venenoso, con miedo y repugnancia a la vez. El abuso de la Prensa, sostenía él, en especial de cierta clase de ella, había envenenado toda la moralidad de Europa, y una vez más y gradualmente volvía a ganar una influencia que la voz de la guerra había hecho acallar. Imaginaba a todos los escritores, con raras excepciones, dedicados a esta mala causa, desde Rousseau y Voltaire hasta Pigault le Brun y el autor de las Novelas Escocesas; y aunque las leía pour passer le temps, sin embargo, como Pistol comiendo su puerro, no dejaba de execrar la tendencia de la obra que escogía mientras devoraba su contenido.
Habiendo observado esta peculiaridad, varié la conversación y di pie al marqués para nuevas observaciones sobre la mansión de sus antepasados. «Allí -dijo- estaba el teatro; mi padre se agenciaba una orden especial para que trabajasen algunos de los principales actores de la Comedie Française cuando el rey y madame Pompadour le visitaban en este lugar, lo que hicieron más de una vez; allá, más hacia el centro, estaba el hall del barón, en el que se ejercía su jurisdicción feudal cuando los criminales tenían que ser juzgados por el señor o su alguacil, pues teníamos, como vuestros antiguos nobles escoceses, el derecho de horca y fosa, o fossa cum furca, como le llaman los jurisconsultos; debajo está la cámara de las preguntas o de la tortura, y realmente deploro que un derecho que tanto se presta al abuso estuviese al arbitrio de ninguna persona viviente. Pero -añadió, con un sentimiento de dignidad que derivaba de las atrocidades que sus antecesores habían cometido debajo de las ventanas enrejadas, a las que señalaba- es tal el efecto de la superstición, que hasta hoy día los campesinos no se atreven a aproximarse a los calabozos, en los que, según se dice, la cólera de mis ascendientes se desahogó cruelmente en tiempos pretéritos.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-300
301-350
351-397
|