Quintín Durward (Walter Scott) - pág.15
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Razonando de modo semejante, quizá descubramos que, de antiguo, el arquitecto proyectó el jardín y los terrenos de recreo en las proximidades de la mansión, y era natural que desplegase su arte en estatuas y vasos de adorno, en terrazas pavimentadas y escalinatas, con balaustradas adornadas, mientras el jardinero, subordinado suyo, procurase que el reino vegetal correspondiese al gusto dominante y cortase los setos en forma de paredes verdeantes, con torres y murallas almenadas, y los árboles aislados, a semejanza de estatuas. Pero el tiempo ha pasado, y el jardinero paisajista, como se le llama, se ha puesto a la altura del arquitecto, y por eso se hace un empleo algo exagerado y liberal de la pala y del azadón y se convierten las labores ostentosas del arquitecto para hacer una ferme ornée, en algo tan poco diferente de la sencillez que la Naturaleza despliega en los terrenos próximos, que apenas se distingue de ellos por los paseos convenientes y limpios que el confort exige en las vecindades de la residencia de un caballero.
Dando por terminada esta digresión, que ha dado tiempo al cabriolet del marqués para ascender la colina por un camino en zig zag, ahora muy deteriorado, llegamos a distinguir una larga hilera de edificios sin techo, unidos con el extremo occidental del castillo, que estaba totalmente en ruinas. «Debo hacerle resaltar -me dijo-, como inglés que es usted, el gusto de mis antepasados al unir esa hilera de cuadras con el castillo. Sé que en su país es costumbre ponerla a cierta distancia; pero mi familia tenía un orgullo hereditario por los caballos, y le gustaba visitarlos con más frecuencia que si hubieran estado albergados a mayor distancia. Antes de la Revolución tenía treinta caballos finos en esa hilera ruinosa de edificios.»
Estos recuerdos de su pasada grandeza se le escaparon por casualidad, pues era parco, por lo general, en alusiones a su pasado esplendor. Habló con sosiego, sin afectación por la importancia dada a una riqueza pasada y sin aparentar exigir simpatía por la desaparición de ésta. Despertaron, sin embargo, reflexiones desagradables, y permanecimos ambos silenciosos hasta que apareció una paysanne francesa en un rincón, en parte reparado, de lo que había sido alojamiento de un portero, con ojos negros como el azabache y brillantes como diamantes, con una sonrisa en el rostro que dejaba ver una doble hilera de dientes, que una duquesa hubiese envidiado, y acercándose al carruaje se hizo cargo de las riendas.
«Madelon debe actuar hoy de groom -dijo el marqués, después de inclinar elegantemente la cabeza para corresponder a la profunda reverencia de ella a su acompañante-, pues su marido ha ido al mercado; y en cuanto a La Jeunesse, está muy ocupado con sus diversos menesteres.
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