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Quintín Durward (Walter Scott) - pág.14

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     Por su parte, fué tan grande su satisfacción con nuestro trato, que acabó por decidirse a invitarme a comer al castillo de Hautlieu, que justificaba bien su nombre, ya que se erguía en una eminencia del terreno a orillas del Loira. Este edificio quedaba a unas tres millas de distancia de la población en la que había establecido mi residencia temporal, y cuando lo visité por primera vez pude fácilmente perdonar los sentimientos de mortificación que el propietario demostró por recibir a un huésped en el asilo que se había formado con las ruinas del palacio de sus padres. Gradualmente, con mucha alegría, que evidentemente ocultaba un sentimiento más profundo, me preparó respecto al lugar que iba a visitar, y para esto tuvo una buena oportunidad mientras me conducía en su pequeño cabriolet, arrastrado por un pesado caballo normando, hacia el antiguo edificio.
     Sus restos se desparraman sobre una hermosa terraza que domina al río Loira, y al cual está ligado por una sucesión de escalinatas, muy adornadas con estatuas, labores de piedra y otros embellecimientos artificiales, que descienden de una terraza en otra hasta alcanzar la propia orilla del río. Toda esta decoración arquitectónica, con el aditamento de parterres de hermosas flores y arbustos exóticos, había sido substituida desde hacía muchos años por un escenario mucho más provechoso de labores de viñas; no obstante, los restos, muy sólidos para ser destruídos, son aun invisibles, y con las diversas rampas y niveles artificiales del terreno son una demostración perfecta de la intensidad con que aquí se aplicó el Arte para decorar la Naturaleza.
     Pocos de estos escenarios quedan aun incólumes, pues la volubilidad de la moda ha realizado en Inglaterra el cambio total que la devastación y la furia popular han producido en los lugares de recreo de Francia. Por lo que a mí se refiere, me satisface suscribir la opinión del juez más calificado de nuestro tiempo (3), que piensa que hemos llevado a un límite nuestro gusto por la sencillez y que la vecindad de una casa señorial requiere ornatos más bellos que los que se logran con sólo la presencia de hierba y grava. Una situación muy romántica puede resultar degradada con un ataque a tales ornamentos artificiales, pues en la mayoría de los sitios parece necesaria la intervención de una decoración más arquitectónica de la que ahora se estila para hacer desaparecer la timidez manifiesta de una casa grande, colocada por sí en medio de una pradera, en donde aparece tan desligada de sus alrededores como si se hubiera escapado del pueblo dando un paseo. Es bastante incomprensible cómo el gusto ha cambiado tan absoluta y repentinamente, a no ser que nos lo expliquemos por la misma razón por la que los tres amigos del padre, en la comedia de Molière, recomendaban una cura para la melancolía de su hija, que debía poner en las habitaciones de ella, bien pinturas, bien tapices, bien porcelanas, según las diversas obras de arte en que comerciaba cada uno de ellos.


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