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Quintín Durward (Walter Scott) - pág.12

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.. dijo, una perfecta urraca, toda patas y alas) y de los finos sentimientos. Si hubiese escogido entre los militares un escocés bullanguero o un hijo intrépido de Erin, nunca hubiera mencionado el caso; pero tal como el hecho ha sucedido, es casi imposible dejar de sentir ese saqueo gratuito de los herederos y albaceas legales de mi tía. Pero callemos o invitemos al Público a escuchar un tema más agradable para nosotros y más interesante para los demás.
     A fuerza de beber líquidos ácidos, como antes dije, y de fumar cigarros, en lo que no soy novato, deberé participar a mis lectores que gradualmente fui conociendo a un homme comme il faut, a uno de los pocos ejemplares de nobleza antigua que aun se encuentran en Francia, los cuales, como las estatuas mutiladas de un culto anticuado y en desuso, aun engendran cierto temor y estimación en aquellos que no rinden voluntariamente culto ni al uno ni a la otra.
     Al visitar el café de la población me llamó la atención, desde luego, la singular dignidad y gravedad de los modales de este caballero, su apego asiduo a los zapatos y medias, con desprecio de las botas y los pantalones, la croix de Saint Louis en el ojal y una pequeña escarapela blanca en la presilla de su anticuado shakoo. Había algo interesante en su persona, y además, su gravedad, confrontada con el grupo animado que le rodeaba, resultaba, como la sombra de un árbol en el resplandor de un paisaje soleado, más interesante por su rareza. Hice todos los avances para conocerle como lo permitían las circunstancias del lugar y las costumbres del país, lo que quiere decir que me aproximé a él, fumó mi cigarro con chupetones intermitentes y sosegados, que apenas se apercibían, y le pregunté las pocas cosas que en cualquier parte la buena crianza, pero con especialidad en Francia, permite hacer a los forasteros sin que se les pueda tildar de impertinentes. El marqués de Hautlieu, pues tal era su rango, era tan lacónico y sentencioso como le permitía la cortesía francesa: contestaba todas las preguntas, pero no hacía ninguna y no alentaba para nuevos avances.
     La verdad era que, poco accesible para los forasteros de cualquier país, o aun para los extraños entre sus propios paisanos, resultaba el marqués particularmente tímido con los ingleses. Podía dictar este sentimiento un resto de antiguo prejuicio nacional o podía provenir de su idea de que son altaneros y orgullosos de su dinero, y que en ellos el rango, unido a medios limitados de fortuna, suscita por igual su desprecio y su conmiseración, o, finalmente, cuando reflexionase en ciertos acontecimientos recientes, podía quizá sentirse mortificado como francés, aun por aquellos éxitos que habían restaurado a su amo en el trono y a él a una propiedad disminuída y a un castillo dilapidado.


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