Quintín Durward (Walter Scott) - pág.11
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Los vinos de marca son bastante aceptables -no hay nada que decir en contra del Chateau Margot o el Sillery, y no obstante no puedo menos de recordar las generosas cualidades del saludable y viejo Oporto. Y en cuanto al garçon y su perro, aunque son ambos animales divertidos, había, sin embargo, más sano humor en los guiños con los que nuestro peluquero acompañaba las novedades de la mañana, y simpatía más humana y perruna en el meneo del rabo del viejo Trusty que en su rival Touton, aunque se hubiese puesto de pie sobre sus patas traseras durante un año.
Estas señales de arrepentimiento llegaron quizá un poco tarde, y confieso (pues no debo ocultar nada a mi querido amigo el Público) que maduraron en cierto modo por la conversión de mi sobrina Cristina al catolicismo, gracias a los oficios de un astuto clérigo vecino nuestro, y por el matrimonio de mi tía Dorotea con un capitán de caballería, miembro de la Legión de Honor, y que, según nos asegura, hubiera ya llegado a ser mariscal de campo si nuestro antiguo amigo Bonaparte hubiese continuado viviendo y triunfando. En lo que se refiere a Cristina, debo reconocer que retornó con tanta facilidad a Edimburgo con sólo cinco pláticas nocturnas, que aunque desconfié algo de los medios y forma de su conversión, me alegró al mismo tiempo de ver que por fin tenía un pensamiento serio en su vida; además, perdía poco en el asunto, pues pasó al convento saliendo de una pensión. Pero el matrimonio terrenal de la tía Dorotea era cuestión muy diferente de los esponsales celestiales de Cristina. En primer lugar, se originaban grandes pérdidas en intereses para mi familia, pues ¿quién diablo hubiese pensado que mi tía Dorotea pudiese casarse? Y sobre todo, ¿quién hubiese imaginado que una mujer con cincuenta años de experiencia se casase con ejemplar tan curioso de la anatomía francesa, que sus miembros inferiores correspondían con los superiores como si un par de compases de brazos medio abiertos se hubiesen colocado uno a continuación de otro, mientras el cuerpo podía representarse con holgura por el espacio que ocupaban dichas cabezas? Todo el resto de su persona era bigote, capote de piel y calzones de algodón. Podía ella haber contratado una polca en 1815 a los cosacos reales por la mitad del dinero que entregó a este espantajo militar. No hay nada más que decir del asunto, especialmente si se tiene en cuenta que ella citó a Rousseau para explicar su debilidad sentimental; así es que dejémoslo pasar.
Habiendo, pues, desahogado mi bilis contra una tierra que es, a pesar de todo, un país muy alegre, y que no puedo censurar porque yo lo busqué, y no él a mí, me ocuparé del objeto más importante de esta introducción, y el cual, mis lectores queridos, si no me hago demasiadas ilusiones de seguir contando con vuestros favores, me resarcirá quizá con exceso de los daños y perjuicios que he sufrido por traer a mi tía Dorotea al país de las pantorrillas gruesas, de los tobillos delgados, de los negros bigotes, de las extremidades sin tronco (le aseguro que el sujeto es como mi amigo lord L.
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